Novelas por entregas. Una entrega al día... ¡o eso intentaré!

domingo, 9 de noviembre de 2014

Araña de Rincón

Mi nombre es Daniela,
aunque muy pocos sean los que me llaman así.
Prefieren los términos "loxosceles laeta",
"araña de rincón" o "asco de bicho, fuera de aquí".

Hace cosa de un año, yo sólo buscaba un hogar.
Un sitio oscuro y polvoriento donde poder descansar
(creo que no es tanto pedir el querer vivir en paz).

En mi búsqueda me crucé en plena calle Bellavista
con un delgaducho, despistado, agotado español
que arrastraba una maleta y un petate bajo el sol
y, aunque en su pasaporte se especificaba turista,
parecía estar buscando lo mismo que yo...

Me subí a su pierna sin que él se diera cuenta
y trepé hasta el sombrero que cubría su cabeza.
Mi instinto tampoco me había fallado esta vez;
este joven canoso sería quien me proporcionara
la que sería la adecuada morada para una araña.
De noche, con él dormido en una cama arrendada,
no tardé en encontrar la herida abierta en su pecho
que me permitió llegar hasta su corazón.

Junto a las dos aurículas y los dos ventrículos
(repletos de los recuerdos de sus seres queridos),
había también un espacio polvoriento y vacío,
un compartimento tenebroso, húmedo y frío...
que se suponía reservado para que lo ocupara
cierta persona especial;
pero tan abandonado y triste resultaba
que no tardé en elegirlo como mi vivienda ideal.

Durante tantos meses juntos vivimos,
en perfecta simbiosis compartimos...
El español incluso mencionaba en sus poesías
a la araña de rincón que habitaba su corazón;
y en mi querido, lóbrego y cardíaco torreón
yo devoraba a todos los intrusos lepismas
que amenazaban con enquistarse en su interior:
Lepismas creados de todas esas falsas emociones,
fracasos, desengaños, golpes bajos y desilusiones
que se producen cuando crees haber encontrado algo
y, en realidad, sólo tienes fría brisa en tus manos.

Todo empezó a cambiar, sin embargo,
hace poco más de un par de meses.
Un cambio sencillo, al que no dí importancia.
En una de las sanguíneas paredes de mi casa
la foto de una muchacha apareció enmarcada.
Una niña morena de ojos oscuros y largo cabello
y yo pensé "no creo que dure ahí mucho tiempo".

Las cosas, sin embargo, siguieron avanzando.
La que hasta ese momento era mi conocida morada,
día a día, poco a poco, la encontraba más cambiada.
Hoy un poco más limpia, hoy un poco más luminosa;
hoy se escucha una suave melodía;
hoy en la pared hay una nueva fotografía;
hoy está grabado en el suelo el nombre de Martina;
hoy hay un cofre que guarda el primer beso;
hoy han aparecido nuevos recuerdos;
hoy me temo que ha descubierto esta araña
que mi casa ya no puede ser mi casa.

No voy a negar que le he tomado cariño
a este desastre de inmigrante español.
Pero he de reconocer que no puedo vivir más
en este músculo que hoy se siente estrella
por tener ahora otra dueña.

Con un poco de melancolía,
abandono el que ha sido mi hogar durante un año.
Aunque me vaya, te deseo que no te hagan daño,
te deseo lo mejor, amigo español.
Y ojalá este rincón de tu corazón
no vuelva a quedar abandonado.
Yo ahora intentaré solucionar
el problema de donde voy a habitar.

Menos mal que no llevo equipaje.
Me preparo para iniciar el viaje,
pero...
Pero...
Pero la herida en su pecho
está cicatrizada ahora.
No puedo salir afuera, de hecho.
No me queda otra
que ascender por su interior
hasta llegar a la azotea
y por nariz, boca u oreja
salir al exterior.
Pero tomé el desvío que no era
y, de alguna extraña manera,
he llegado hasta su cerebro.
Cerebro que está prácticamente
vacío, polvoriento y hueco...
Sólo quedan tres neuronas en su mente
y están apostando cual de ellas
es la más valiente (o demente)
para lanzarse en caída libre por el esófago,
agarrar un trozo de chocolate recién tragado
antes de que llegue hasta el estómago
y subirlo hasta el bulbo raquídeo
donde tener así algo que picotear
(viendo esto, a mí me da que pensar
que los otros cientos de miles de neuronas
han debido perecer de modo similar).

Estúpido, estúpido español...
sigue amando a tu chica,
le cedo gustosa y con cariño a Martina
ese espacio especial en tu corazón.
Yo, a cambio he descubierto
que tu cerebro vacío y polvoriento
es un lugar aún más perfecto
para que haga su casa una araña de rincón.

martes, 4 de noviembre de 2014

Horquilla

Ahora me siento frustrado.
Es cuando las cosas van mal,
cuando me llueven palos,
cuando la bilis quiere manar...
es ahí
cuando nace mi mejor poesía.
Y ahora se da la ironía
de que quiero componer para ti,
para la mujer que amo,
para quien me hace feliz
en este aún, al año, país extraño.
Enfrentado al folio en blanco,
veo que no estoy acostumbrado
a escribir así...
Pero igual quiero intentarlo.

La brisa caliente abre la puerta
de este bar de carretera.
¿Afuera?
Es el dominio del sol y el polvo.
No exagero, sobreviví por poco.
¿Acá dentro?
El café está hirviendo,
el aire demasiado reseco
y yo (obvio po), pienso en ti.
Sol, café y viento del desierto.
Mis labios se han quemado;
están doloridos, agrietados,
heridos pero, aún así,
pagaría ahora mismo
por besarte de nuevo
desesperada, apasionadamente...
Sentir tu respiración,
el roce de tus dientes,
el latir de tu corazón,
perder mis dedos entre tu cabello...

No conseguí acabar la poesía en el bar.

Y ahora, tumbado en mi cama,
desnudo y chascón en la madrugada,
contemplo la luna que vigila la ciudad.
Miro tu horquilla
que la otra noche quedó olvidada
en mi mesilla
y acaricio cada uno de tus recuerdos
hasta quedarme dormido.
Quizás pueda seguirte escribiendo
esta noche desde el sueño...
Aunque mi mejor esfuerzo
no haga justicia a todo lo que eres
ni tampoco a lo que siento.

viernes, 17 de octubre de 2014

Amor

Me han echado a hostias de cielo e infierno
(por ser demasiado problemático en el segundo;
por regalar figuritas del indio pícaro en el primero)
y en el purgatorio donde me encuentro
hago inventario de todo lo que aún tengo.
Lo material cabe en una maleta y un petate,
así que prefiero echar un ojo a lo importante...
Puede que en este exilio me falten trozos de mí;
puede que mi mente vaya a cien por hora,
mientras que mi boca marcha a más de mil.
Puede que no siempre haya sido moral o decente,
que salga de mis problemas abusando de la suerte,
y que arriesgue tanto que un día lo lamente...

Así, he ido dando tumbos por la vida,
sin intención alguna más que vivirla
al menos, hasta que te conocí
y comenzamos a compartir.
Y no sé decir cuando me percaté
de que el amor se había disfrazado de amistad.
En mi defensa, ¿qué puedo decir?
Si el trotamundos se cruzó con tu mirar
y jamás había encontrado tanta dulzura,
la existencia ya no parecía tan dura.

Ríes y haces que cobre sentido
cada cicatriz, cada pelea, cada dolor,
cada desesperanza y cada grito
que he atravesado hasta encontrarte.
Tu pie pisó desnudo mi desierto
y conseguiste que de cada cactus maltrecho
brotara una margarita con el sí dibujado
en cada uno de sus pétalos.

Te entrego lo que soy,
a cambio de que estés conmigo un poco más.
Después de todo, busqué tanto la felicidad
y resultó que la perdida se encontraba
en encontrar uno de tus cabellos en mi almohada,
en tener el sabor de tu piel en mi boca,
en compartir contigo lecho, luna, sábana y ropa...

Intentaré que no deje de girar el molinillo,
y cada vuelta haga más bellos los colores del remolino;
que cada barco creado por tus preciosos dedos
lleguen sanos y salvos hasta el puerto de mi pecho;
que sean eternos en la memoria nuestros momentos.

Nada es más urgente que decirte
cada mañana y cada noche,
sea susurrado o enviado,
sea el día alegre o fome
que, pequeña mía, te amo.

Amor, palabra tan manida
que parece haber perdido el significado...
y, sin embargo, haces que mis tristezas
sean cada vez más y más pequeñas
por el simple hecho de estar a mi lado.

martes, 30 de septiembre de 2014

Delicada

Te conocí por casualidad.
Como así sucede, quizás,
todo lo importante en la vida.
Te convertiste pronto en amiga;
nuestras circunstancias
eran lo bastante complicadas
como para que ninguno pensara
en dar un paso más allá...

¿Y ahora?
Debería asustarme ante lo que siento.
Sin embargo, has hecho tuyo mi nombre
y yo, en lo único que pienso,
es en no luchar contra el viento
si es que no intenta alejarme de ti.

Podría haber tardado años
y, en cambio,
el corazón parecía tener prisa...
En tan sólo unos días
he besado tus lágrimas tanto
como he besado tu sonrisa.

Si los dos hemos sufrido,
si los dos hemos luchado,
si los dos hemos caído al barro,
si los dos nos hemos levantado...
¿Es mucho pedir hacer lo mismo
estando uno del otro al lado?

He visto amanecer y atardecer
en diferentes océanos.
He conocido cientos de parajes,
he caminado por mil ciudades,
me ha rodeado la belleza salvaje,
la brisa de la noche, el púrpura de la tarde...
Y no me importaría olvidarlo todo
por estar tan sólo un rato más
acariciando tu mejilla y mirándote a los ojos.

Tú no crees en Dios,
yo no creo en la suerte.
Cada noche, antes de dormirme,
sin embargo,
mi suerte da las gracias a tu Dios
por haberte encontrado.

lunes, 29 de septiembre de 2014

La hora del demonio

Desperté en la hora del demonio.

Respectivamente erguido y encorvado,
me contemplaban un ángel y un diablo
en silencio, desde los pies de mi cama.
Y algo, que no era ni lo uno ni lo otro,
acariciaba mi frente en la penumbra.

El diablo señaló mis labios, sonriendo.
Alzó su garra e hizo una muesca
con su uña en mi pecho. Otra más.
Sabe que en el día rondé la felicidad
y me recuerda susurrando el ritual
para que yo sea siempre su amado.

Le sostengo la mirada al diablo,
aparto su garra y niego con la cabeza.
Precisamente por eso, porque la amo,
prefiero que sea feliz y yo estar sin ella
antes que obligarla a estar a mi lado.
El diablo escupe y sisea.
Yo le digo que la conversación ha terminado.

El ángel, mientras tanto, me contempla
y su mirada llega hasta mi corazón.
Sé que el ángel no me aprueba.
No puedo esconder de él mi dolor,
mis pecados, cada uno de mis errores,
mis delitos, mis malas decisiones.
Sé que, si le pregunto, me responderá
si Dios bendice o rechaza mi elección
o, si al menos, se mantendrá neutral.
Pero no quiero saberlo.
No, porque estoy decidido a luchar igual.

Ángel y diablo se desvanecen.

Yo me giro hacia la figura en penumbra
que en la cabecera de mi cama aguarda.
Una estrella con forma de niña
que, en un gesto cariñoso, me abraza.
Yo, entonces, me permito temblar.

La estrella sonríe por un momento.
Sabe todos el caos que he creado.
Sabe que mostrar mi sentimiento
me deja abierto a hacerme daño.
Y sabe que ese mismo dolor
yo también lo he causado.

La estrella no puede ayudarme.
Sólo consolarme y yo,
ahora mismo, no necesito consuelo.
Mientras la estrella
vuelve a subir al cielo,
yo me reafirmo en lo que siento.
Lucharé por ella,
lucharé por la persona que quiero,
porque hace mucho que no sé rendirme.
Y no importa lo que ángeles o diablos piensen.
Es mi modo de vivir la vida
y, para bien o para mal, así será siempre.

sábado, 13 de septiembre de 2014

El mercenario y la hija del mercader

Casi no te conozco.
Pero te vuelves íntima
y me pierdo en tus ojos.

Y me pregunto el porqué.

Anoche, soñé...
Hace demasiados años,
en otra vida, en otro tiempo,
un mercenario (no muy distinto a mí)
recorría los vastos campos
de un continente ensangrentado.

Hace demasiados años,
en otra vida, en otro tiempo,
la hija de un mercader (no muy distinta a ti)
embarcaría en un galeón
hacia una nueva tierra.
Latía fuerte su corazón
ante la nueva experiencia
y, aunque no era aventurera,
sentía en ella la excitación
del largo viaje siguiendo el sol.

El mercenario fue contratado
para proteger la embarcación.
Espada y daga en el costado,
recubierto por una ajada capa,
las botas manchadas de barro
y una rodela colgada a la espalda,
recuerdo del tercio donde luchó
a las órdenes del rey español.

Como era previsible,
fue ver a la hija del mercader
y el mercenario quedó prendado.
Y si en su vida hubiera estado
en algo que no fueran guerras,
el soldado sabría que eso era
a lo que llaman estar enamorado.

Jamás le dijo nada.
Tampoco tuvo ocasión.
Cuando fue abordado el galeón,
por primera vez el mercenario
luchó no para acabar con alguien...
por primera vez peleaba
para proteger a quien le importaba.

Uno tras otro cayeron los corsarios...
Hasta que una bala perdida
alcanzó la cabeza del mercenario
y, sangrando, cayó al océano.
Y, mientras se escapaba su vida,
veía alejarse, a salvo, el gran barco...
con la mirada de la hija del mercader
dirigiéndose hacia el mar, hasta llegar a él.
Y el mercenario pensó
"ojalá algún día
te pueda volver a proteger".

Estúpido soñar sin sentido,
me duele que sus oníricas mentiras
quieran darle algún sentido
a que fuera verte
y, al momento, quererte.
A que fuera verte
y, al momento, desear protegerte.
Y es que...

Casi no te conozco.
Pero te vuelves íntima
y me pierdo en tus ojos.

Y me pregunto el porqué.

jueves, 4 de septiembre de 2014

Hada Gris

Lluviosa noche en Santiago.
El forastero levanta la mirada.
Podrían ser un signo aciago
esos rayos sobre Tobalaba...
Pero si lo fuesen, ¿qué importa?
Puedo estar calado hasta los huesos,
puede que me guste meterme en líos,
puede que hable mucho y a destiempo,
puede que mi libertino albedrío
me vuelva a jugar una mala pasada.
Todo eso antes me preocupaba.
Ahora, ya no tanto.
No tanto...
No, desde que conocí
en las brumas de esta ciudad
lo que parecía ser un hada gris
que desplegó sus alas ante mí
y me abrazó con ellas.

Preciosa hada gris,
sigo sin explicarme
qué viste en el forastero
para que le ofrecieras
techo, comida y consuelo...

Preciosa hada gris,
¿por qué aún a mi lado?
Si las gracias del forastero
a tus inmerecidos cuidados
fue abrir una grieta en su pecho
para que comprobaras
la oscuridad que había dentro...
Y, a pesar de ello,
junto a un corazón polvoriento
colocaste una perla brillante
que tira de mí hacia delante
aunque mis rodillas quieran doblarse.

Y pese a ser fría la madrugada
en el callejón más solitario
de la más problemática
comuna periférica de Santiago...
al escuchar una melancólica
canción de murga uruguaya,
el forastero encuentra las agallas
para seguir hacia adelante.
Pues mejor que nadie sabe
que el hada gris no le ha olvidado.

Preciosa hada gris,
si le hablara a alguien de ti,
pensaría que me he enamorado.
Pero eso sería simplificar demasiado...
¿verdad?
Pues, el hecho
es que con tu cariño reviviste el alma
del forastero
que vino hasta tu país con nada.

Preciosa hada gris,
por todo ello... gracias.

domingo, 31 de agosto de 2014

Sentimientos vs. Razón

Comenzaron hablando los sentimientos.
Y, señalándome, increparon a la razón:
"Muy bien, soso aburrido. Es el momento
de que sólo uno mande en su mente y su cuerpo,
porque no cabemos los dos en este elemento".

La razón respondió:
"Tienes razón, mi banal amigo.
Pero tú sólo miras tu ombligo
y no te preocupas del peligro.
Tu locura innata lleva al abismo
y yo soy la idónea elección
para controlar la situación".

Los sentimientos se encresparon:
"Anda, no toques los cojones.
Esa vida que tú propones
es vacía, estúpida y aburrida.
Y además, en la diaria rutina
no se nota tu influencia.
No, cuando este capullo
abre la boca y dice algo
diez segundos antes
de haberlo pensado.
Entonces, tú, ¿vales para algo?"

La razón replica:
"¿Lo tuyo no son los sentimientos?
Muy bien, de acuerdo,
empecemos a debatir por ello.
Tomemos por ejemplo
tu lista de futuribles enamoramientos:
Ésta es complicada.
Ésta contigo, nada de nada.
Ésta parece no querer verte.
Ésta es neurótica y demente.
Ésta... no me creo que esté en la lista.
Ésta sabemos que será siempre amiga.
Ésta tiene pololo...
A este paso, estará mejor solo".

Los sentimientos se encrespan:
"Eso es lo que a ti te gustaría
si tú hicieras de guía...
que se quedara solo.
Hay que jugar a nada o todo,
una vida insípida
y sin compañía
para evitar que te hagan daño
pero lamentando año tras año
no haberlo intentado...
a veces hay que dar un giro
de trescientos sesenta grados".

La razón se altera:
"Bobo sentimentaloide,
con trescientos sesenta grados
terminas viendo el mismo lado.
Eso es lo que tú predicas,
locura y caos completo
para al final, que nada haya cambiado.
Saltar al vacío riendo
 y pegártela contra el suelo
sólo porque te gusta el riesgo".

Los sentimientos faltan el respeto:
"Sé sincero contigo, gilipollas.
En el ser de este hombre sobras
cuando ambos sabemos
que el loco sólo piensa con la..."

La razón explota:
"¡Suficiente! ¿Quién te crees que eres?
Sólo sabes rebatir
mediante el insulto.
Esa, tu actitud infantil,
es lo que nos mete en problemas
y, al final, tengo que ser yo
quien proponga multitud de ideas
para salir vivos de tus ocurrencias".

Los sentimientos lanzan el órdago:
"Sólo encuentro dos soluciones.
O nos damos de hostias
pero nada pasará al ser abstracciones,
o dejamos que el pavo elija".

La razón lo aprueba:
"Toda decisión conlleva
al ser tomada racionalidad.
Estoy de acuerdo,
eso es que a mí me elegirá"

Los dos se volvieron hacia mí,
pero yo estaba algo ocupado...
Comiendo chocolate granulado
que, por algún motivo extraño,
me provocaba estornudos.
Y como me habían comentado
que es imposible estornudar
sin tener los ojos cerrados,
ahí estaba yo demostrando
que conmigo se habían equivocado.

Los sentimientos dijeron en voz baja:
"Ahí está el anormal.
Se traga el chocolate,
estornuda con los ojos abiertos
y una vez más lo vuelve a intentar.
Eso no es algo sentimental".

La razón añadió con un hilo de voz:
"Pues tampoco eso es muy racional;
¿de verdad estamos peleando por esto?
Antes me dedico a vaciar el mar".

Y ese es el motivo
de que, cuando me preguntan
quien guía mi camino
-si los sentimientos o la razón-,
yo, sin poder evitarlo,
deba dar como contestación:
"Chocolate en general,
¡granulado en particular!"

jueves, 28 de agosto de 2014

Espantapájaros

Acá es prácticamente una leyenda.
No sé cuanto habrá en ella de cierta
pero, en el pueblo, cuentan las viejas
que el campesino loco quiso crear
al espantapájaros perfecto...
y en su locura decidió que espantar
era algo similar a hacer el mal.

Así, construyó un armazón 
con maderos y cuerdas robadas
a la vieja horca abandonada.
Y ese esqueleto de madera
lo cubrió con la vestimenta
-dicen- de ese desconocido
que fue asesinado en el sendero
aquella fría noche de invierno.
La cabeza no fue menos ruin;
era el último saco utilizado 
para cubrir el rostro y la espera
de los condenados al garrote vil.
La boca era tan sólo
un tajo abierto en el cáñamo
con el mismo cuchillo
que abrió el cuello
de tantos cochinos... 
Y los ojos, dos trozos de carbón
recogidos de una hoguera
que el mismo campesino loco prendió
en una noche de tormenta
y nadie en el pueblo cuenta
cual fue el ritual con el que animó
su horrorosa creación.

Hace años que el campesino loco murió.
Pero cuenta la leyenda 
que, en las noches con niebla,
un espantapájaros se arrastra entre el cereal
y su horrible aullido llega hasta la aldea...

Pero lo que no cuentan las viejas,
lo que no quieren narrar en la aldea,
lo que ocultan esas historias de mierda
es que el espantapájaros aúlla al llorar de pena.
Llora lágrimas negras de sus ojos de carbón,
llora porque siente el mal pugnando en su interior
cuando él ni siquiera quiso ser animado ni lo pidió. 
Llora porque le construyeron para crear terror
y le condenaron a no conocer otro color
que el de no poder amar ni poder ser amado.
Y llora porque ni siquiera es capaz
de hacer aquello para lo que fue creado...
No cuando una negra bandada de cuervos
se apiadó de él y las aves se convirtieron
en los únicos amigos que podrá tener
en su parodia de vida...

Llora esta noche en mi hombro 
lo que necesites, espantapájaros. 
Llora hasta que te hayas desahogado
y, cuando hayas descansado,
recuerda que llegarán otros tiempos...
un día en el que, a la luz del alba,
mil cuervos en una inmensa bandada,
te levantarán del suelo y, en volandas,
te llevarán hasta más allá del amanecer.
Hasta un lejano lugar donde no seas culpable...
sólo por ser.


domingo, 24 de agosto de 2014

Soñé contigo, cielo...

¿Sabes, cielo?
He escuchado que los sueños
nos muestran a nosotros mismos
en mundos paralelos al nuestro.

Pues, cielo...
creo que la he jodido si tal teoría es cierta.
Porque entonces, en multitud de universos,
estoy muriendo de forma violenta.
Y mis otros yo
suelen ser violadores, asesinos, cabrones,
mentirosos compulsivos o estafadores...
Ya decía yo que me asombra
que la gente me crea buena persona,
si en cada mundo alternativo
soy poco menos que el mal en la sombra.

Y es que, cielo...
Estoy dando tanto rodeo
para decirte que esta noche
he estado soñando contigo.
Y en el sueño,
yo no era sólo tu amigo.
Nuestro amor brillaba sincero,
tu felicidad la creaban mis besos
y mi alegría era poder protegerte,
vencer juntos nuestros miedos...
yo existía sólo para quererte.

Y me sentí extraño, cielo.
Si en un universo de cientos
tú y yo encontramos la felicidad
al abrazar nuestros cuerpos,
me pregunté si pudiera ser igual
en este mundo donde la casualidad
ha querido que nos encontremos.

Ya lo sé, cielo...
Para ti, soy casi un desconocido
y me queda grande la palabra "amigo".
Mas al pensar en esa onírica vida contigo
me desoriento y se aceleran mis latidos
hasta el punto de que crece en mi pecho
la obsesión de crear, para ti, el más bello poema...
Pero nunca existió dentro de mí tan gran poeta
y no me queda más alternativa que compensar,
como de costumbre, la calidad con la cantidad.

No añadiré nada más, cielo.
Supongo que me quedaré pensando
en este jardín que la noche ha creado
qué camino es el adecuado...
Si el que mil de mil y una veces
me arroja al peligro y al fuego
o el que una de mil y una veces
consigue que venza al mal y al miedo
y consiga decirte "te quiero".


jueves, 21 de agosto de 2014

El trotamundos y la soldado de fortuna

La ciudad de altas torres resplandecía a la luz del amanecer
pero ni las sombras de esos altos edificios
la pobreza de los suburbios podían esconder.
Ella era una buscavidas y una soldado de fortuna.
Sable al costado; en sus lindos ojos, sed de aventuras.
Él era un trotamundos bendecido por la luna,
la ropa polvorienta, enredado el largo cabello...
Ambos reunidos al caminar por el sendero,
convertidos en amigos el sílex y el acero:
Las oportunidades saludan a los aventureros.

Pero en la ciudad de las altas torres
una secta dominaba comercios, callejones,
alcantarillado, suburbios y, con quedos murmullos,
controlaba hasta en la corte armerías y salones.
Su símbolo, una araña ocre sin distintivo ni nombre.

La soldado de fortuna encomendó su sable
a la destrucción de esa araña ocre innombrable.
El vividor trotamundos, por su parte,
apostaba su vida al todo o nada,
bebiendo aguamiel y cortejando damas,
durmiendo en tejados o en cualquier posada.

Ella combatía.
Él sonreía.

Pero la daga emponzoñada de la araña
terminó enterrada hasta la empuñadura
en el corazón de la soldado de fortuna.
El trotamundos vio caer a su amiga.
Corrió hacia ella con el alma quebrada,
las lágrimas cayendo, la sonrisa perdida.
Se arrodilló a su lado
y envolvió el sangrante cuerpo en su abrazo.
Ella simplemente le miró...
Una mirada que no era ni de alegría
ni de dolor.
Y usó el último
de sus movimientos
para depositar en los labios de él
el que fuera el último también
de sus besos.

El trotamundos pasó toda una noche
abrazando el cadáver de su amiga
que, en el último instante de su vida,
se había transformado en su amada.
Y mientras la mantenía abrazada,
él hacía inventario del sexo y la bebida
que había acumulado mientras ella luchaba.
Se puso en pie tambaleante,
pero agarrando fuerte el sable.
Y, sobre el arma, hizo la primera promesa
que estaba decidido a no romper.
Era tal la culpabilidad en su corazón
que a su desesperación acudió
un hada gris, apiadada de su dolor.

Y el hada gris
encantó el sable,
le hizo dormir,
le dijo que no era culpable
de haber elegido vivir...
Mas si la venganza era jurada,
ahora no podía hacer más que cumplir.

El trotamundos reconvertido en asesino
despertó.
En los tejados, los gatos callejeros,
sus otrora compañeros de juegos,
se arremolinaron... pues no hay secreto
que pueda esconderse de sus ojos felinos.

Así, los animales le guiaron en la noche
hasta llegar a la más alta torre
desde la cual se domina la ciudad.
Tan miserable se sentía
el trotamundos
que con las sombras parecía
fundirse
y para los guardias igual podía
ser invisible.
Así llegó hasta el piso más alto
donde dormía el corazón de la araña.
Podía haber sido un visir, un juez, un general...
podía ser el mismísimo rey, quizás.
El trotamundos sólo podía mirar
a ese hombre sudoroso y maloliente,
hinchado por la corrupción,
durmiendo tranquilamente,
con su asqueroso cuerpo desnudo
abrazado a una puta sonriente.

El encantado sable giró violentamente.
El corazón de la araña chilló
cuando su sueño se transformó
en la realidad de ver sus negras vísceras
asomándose al exterior.
La puta salió corriendo,
la cama y las paredes se empaparon en sangre,
arriba y abajo bailaba el vengador sable.

El trotamundos escapó a la noche
sabiendo que nadie podría sentirse más solo.
En los siguientes días vagó por callejones,
intentando encontrar una razón para vivir,
sabiendo que había perdido el saber del sonreír.
Y así pasaron las estaciones,
con el trotamundos simplemente sobreviviendo,
extrañando lo que fue
y odiándolo a la misma vez.

Y así habría continuado mucho tiempo
de no ser porque una mañana de invierno
escuchó una dulce y melancólica canción.
Siguiendo las notas que traía el viento
llegó por los tejados hasta una plaza
donde una trovadora tañía un laúd.
Los gatos le avisaron
que no era prudente enamorarse de ella...
Que esa trovadora podía dañarle
(como a tantos otros había hecho antes),
ese corazón que él dudaba que aún tuviera.
Mas el trotamundos siguió rondando
cada día la plaza, observándola.
Y lo hacía sabiendo que cuando la escuchaba,
que cuando la buscaba, que cuando la sentía...
su dolor era mayor por no poder abrazarla
y al mismo tiempo, cuanto más la veía
más y más perdidamente se enamoraba.

El hada gris volvió a apiadarse de él
y le entregó una rosa de encarnado color.
El trotamundos guardó tanto tiempo la flor
que, con el pasar de los días,
la mágica rosa no perdió su frescor
pero, en cambio, ese rojo intenso palideció
hasta volver sus pétalos de un tenue rosado.
Ahí el trotamundos se percató
de que no podía posponer más la decisión.
O le entregaba la flor, arriesgándose al dolor
y al amargo sabor del fracaso
o se olvidaba de la trovadora
y de lo que pudiera ser su nueva vida
y volvía a la soledad de los senderos,
a la nostalgia que trae la brisa nocturna,
a la triste pero conocida compañía de los gatos.

El trotamundos quedó mirando la rosa largo rato...







domingo, 17 de agosto de 2014

El Depa

A quince pisos de altura sobre la Alameda
prevalece un horrible color verde pistacho.
El caballo amenaza jaque mate en dos
y la música suena desde la habitación.

No hay ganas de asomarnos a la terraza
de este piso de solteros con acento español;
la cordillera perdió la batalla ante el smog
y aunque yo ya debería cenar algo,
el sofá usó conmigo su poder de succión.

Se vuelve a llenar la jarra de té
(hostias, llega la arrendadora...
¿Quién no ha pagado? ¡Escóndete!
¿Alguna visita se quedó hoy a dormir
y hay que esconderla también?
Calma todos, dejó una frazada gris
y la casera se volvió a ir)
y...
Coño, ¿eso no es una araña de rincón?
No, no puede ser una araña de rincón
si la jodía se pasea por el medio del salón...
¡Obvio, po!

El periodista que podría ser
el mejor amigo de cualquiera pregunta:
¿Y si hacemos un debate?
Antes de que siquiera se proponga un tema,
el psicólogo experto en sexología ya lo rebate
mientras el carretero con un poso de tristeza
los mira divertido y abre una cerveza.
Y la conversación gira, evoluciona y degenera
hasta que, rendidos, tan sólo brindamos
por la mutua amiga que volvió a su tierra.

Y afuera de estas paredes (que han visto
sesiones de hipnosis, involuntarios encierros,
carretes épicos y unos cuantos secretos)
ya puede amenazar el temblor, rugir el viento,
llegar la lluvia torrencial o el sol del desierto...
que dentro de ellas, al menos por esta noche,
sólo queremos que exista el problema
de decidir qué nos hacemos de cena.



miércoles, 13 de agosto de 2014

La larga balada de los diez meses menos un día

Llegar hasta mi cama y dejarme caer a plomo sobre el colchón.
Lo hago siempre, aunque deba pedir disculpas después
por despertar al recuerdo de la mujer desnuda que duerme en él.
Pero ella sonríe y me pregunta cómo me ha ido el día.
No estoy seguro qué responder...
¿Se refiere a qué tal en la pega? ¿A qué nivel tengo la alegría?
Me mira con cariño y frunce el ceño...
Sabe que nuevamente escribiré una poesía
y que me reiteraré siendo yo en ella el protagonista.
¿Qué puedo decir? Tiene razón, es cierto.
Mi egocentrismo tiene derecho a salir un momento,
que se despeje, que tome un poco el fresco,
que se pone muy pesado si no le dejo.

Alzo la mirada y observo la cordillera nevada
a la que el ocaso cubre de tonalidad rosada.
Aún me pregunto a veces qué hago aquí,
si era más importante lo que perdí
que todos los motivos por los que huí.
Reconozcámoslo,
si no encajé en el lugar donde nací,
¿cómo pretendo acomodarme en otro país?
Supongo que haciéndolo, no más...
Sostengo en mi mano dos tarjetas plastificadas
y ambas horribles fotografías
me devuelven la mirada.
Las dos tarjetas dicen ser de identidad
pero, ¿cuál de ellas dice la verdad?
¿La que dice que soy español
aunque me haya escupido fuera
la primera tierra que conocí?
¿O la que junto a la bandera chilena
me proclama extranjero
pero me da arriendo, trabajo y dinero?

Pero... ¿encajo?
Aunque ya supiera el significado
desde hace tiempo,
hace cosa de tres noches me dijeron
"¡compadre, que te está joteando la mina esa!"
Y yo sólo podía pensar en una veta de mineral
bailando con ganas una jota aragonesa.
Pero... ¿encajo?
Si hasta se cubre mi piel de urticaria
cuando alguien me menciona
lo de la "madre patria".

Y si no encajo, ¿cómo encajar?
Supongo que podría regalar mi corazón
a la primera mujer en Chile que lo quiera
y que el calor de otro cuerpo alivie la espera
de decidir si pertenezco a esta u otra tierra.
Pero el cabrón del músculo no quiere cooperar
y, cuando lo intento, me chilla:
"¡Te jodes! ¡Yo soy demisexual!"
Ay... es obvio que eso no va a funcionar.

Sí, sé que es malo poner la venda antes de la herida
pero, ¿qué quieren?
Es lo que me enseñó cada hostia recibida
en esta puta vida.
Y puede que haya pronunciado
demasiados "te amo"
demasiado rápidamente
y también a demasiada gente...
pero incluso en los temas del amor
me veo en la situación
de sólo funcionar mediante prueba y error.

¿Qué precio pagaría antes que continuar
a solas en este mi querido país extraño?
¿Y si me dieran dos opciones?
Supongo que estaría dispuesto
a pasar otra noche en el peor barrio de Santiago
(pero esta vez con las dos cejas abiertas
y además sin pantalones)
antes que seguir andando a solas y a tientas.

Pero bueno, ese no es ahora el problema.
Retomemos la cuestión
de qué lugar físico debería sentir como propio.
Quizás sólo debiera ser lo comprendido
entre las tres paredes de esta pieza
y esa cuarta con forma de cristalera.

Pieza
que poco a poco se asemeja a un hogar,
acumulando ropa, papeles y cantidad
de sueños por realizar.

Pieza
donde habitamos los cuatro imposibles:
El recuerdo de la mujer desnuda
que continúa retozando en mi cama;
la espectral niña fantasma
a la que invité a mi casa
tras visitar el sótano de mi edificio
(porque no me daba la gana
de que la pobre pasara otra noche
en ese horrible sitio);
y un dorado ángel guardián,
que no sé qué bendición merecí
pero Dios lo envió a Chile
para que cuidara de mí.
Y se lo agradezco, sí.
Mas provoca muy incómodo malestar
cuando yo me necesito desfogar
y noto, de repente, su mirar resignado
mientras yo estoy agarrado
a cierto mágico bastón de mago.

Y a mis tres etéreas amistades
les planteo la curiosa cuestión
de que ya no sienta tristeza ni melancolía.
Simplemente, es como si se hubiera agudizado
la sensación de desubicación,
de sentirme solo aunque esté en pleno carrete,
de querer crear algo enorme y alegre
aunque, realmente,
le sea difícil conseguir algo de esa calaña
a un tipo que le cuesta levantarse cada mañana.

Los tres se miran y conversan.
Su resolución es traerme chocolate y cerveza.
Muchas gracias.
Solucionar, nada de nada...
Pero al menos me alegráis el estómago.
Así, enchocolatado y encervecido,
paso otra noche con mis tres amigos.
Y antes de caer dormido,
pienso que sería bonito
poner el contador a cero...
si no fuera
porque el cuentakilómetros de mi alma
hace mucho tiempo que se pasó de frenada.

domingo, 10 de agosto de 2014

Pequeña ángel

Apoyada en el puente,
calle Loreto, dirección Baquedano,
bajo el sol o la lluvia, no importa...
Siempre apostada, siempre esperando.
Pero, pequeña ángel,
¿a quién esperabas ahí?
Aunque después no volviera verte,
no puedo creer que fuera a mí.

La tarde empezaba a perder su nombre
y mi abrigo apenas contenía el frío.
Tantas veces, al pasar por el puente,
nos habíamos visto y, sin embargo,
nunca nos habíamos contemplado.
¿Cómo es posible
que en una piel tan oscura
habiten unos ojos tan claros?
Fui, ante tus iris, un cervatillo
en la noche frente a unos faros.
Era como si estuviéramos a solas,
no sólo en el puente,
también en kilómetros a la redonda.

Pequeña ángel de piel oscura y ojos claros,
¿por qué, sin decir palabra,
acariciaste mi herida al colocarme a tu lado?
Puede que sólo seamos dos solitarios
perdidos eternamente en el Gran Santiago
pero ambos sabemos que la soledad
puede desvanecerse un momento
ahora que nuestras almas se tocaron.

Es curioso que ni un sonido
saliera de mi boca.
Y aún siento a veces curiosidad
por conocer el color de tu voz.
Pero sin necesidad de hablar,
supiste que a mí no me quedaba
corazón que poder entregar...
y yo sentí que todo el amor
que una vez llegaste a albergar
se encontraba desgastado.

Pero, pequeña ángel
de piel oscura y ojos claros,
eso no impidió
que, durante tantos minutos
nos prestáramos nuestros labios.

Nunca habría siquiera sospechado
que los ángeles pudieran
sentirse tan solos como los humanos.
Y tras ese beso silencioso
volvimos a mirarnos con gratitud,
con amabilidad...
por haber aliviado un eterno instante
nuestra mutua sensación de soledad.

La pequeña ángel
de piel oscura y ojos claros
quedó en el puente...
sospecho, quizás,
para no aparecer ya más.
Y yo, bajo el brillo de las primeras estrellas,
nuevamente comencé a caminar.

jueves, 31 de julio de 2014

Delirio

La tarde es hermosa y húmeda.
El cielo tiñe todo de colores pastel
y, a lo lejos, saludan las luces de la ciudad.
Todo parece perfecto,
pero la nieve de la cordillera vigila mi vagar.

Aún no confía en mí
y no pierde de vista mis garras,
no fuera con ellas a destruir
las bellas rosas rojas
que cristalizaron en la helada.

Respeto su desconfianza
pero el frío ignora
que mi destino lo controlo yo...
y aunque aúlle mi demonio interior
por ti soy capaz de romper mi piel
y en mi espalda hacer crecer
dos alas cuya luz envidie el sol.

Pero no es el momento...
y mientras no llegue,
déjame contemplarte una vez más.
He vencido al furioso mar,
a la eterna oscuridad,
a mi propia debilidad...
¿y resulta que sin casi conocerte
me paralizo si tus ojos
se cruzan en mi mirar?

Deja que en mi delirio crea
que crucé medio mundo
sólo porque me llamaste
aunque no supieras de este hombre.
Deja que mi corazón se prenda
y provoque que en el suelo
manchado con mi sangre
nazca una flor en cuyos pétalos
se lea tu nombre...
y pobre del que reciba mi transfusión,
pues se verá contagiado
de mi locura y mi pasión
y cada noche se perderá
buscándote en la ciudad.

Y si quieres que jure dar la vida por ti,
tan sólo mantenme abrazado hasta el amanecer
(no es necesario que susurres que todo irá bien).

Ignoro si el silencio es enemigo o aliado,
pero si éste no se aparta de mi lado
lo trataré con aprecio
pues no estaré solo en su compañía...
al menos hasta que mi pecho explote,
se desplieguen mis alas
y, mientras esté volando,
mi corazón grite tu nombre.

jueves, 24 de julio de 2014

Declaración

Mi inesperado paseo nocturno me llevó hasta tu portal
y no sé muy bien, a estas horas, qué hago acá.
Un quiltro negro se acerca hasta mí regaloneando
y palmeo su lomo mientras me siento a su lado.
El quiltro tiene los ojos brillantes y una mueca sonriente.
A mí me hace gracia pensar que, esta noche,
este oscuro perro será mi mejor confidente.

Admito que me es difícil reconocer
que, incluso cuando dejo la mente en blanco
y comienzo a caminar sin rumbo fijo,
mi subconsciente decida que mi destino
tiene siempre que ver contigo.
Quizás sea debido
a que no soy parte de ningún sitio.
No soy de aquí,
pero ahora tampoco soy de allí.
No tengo nación ni bandera,
no tengo patria propia que me quiera...
mas de repente siento mi lugar
cuando es mi imagen
lo que refleja tu mirar.

Y aunque yo lo último en Santiago
que buscaba era enamorarme,
ahora que ha pasado
no le encuentro sentido
a no reconocerlo, a ocultarlo.
La vida no concede segundas oportunidades
y si pierdo ésta
que sea por cualquier motivo...
pero no porque yo no haya luchado.

"Te quiero" susurran mis labios al viento.
Y aunque los sentimientos se puedan confundir
entre la amistad, el cariño o el deseo,
siento en mi interior la certeza de que no miento...
Lo difícil sé que será demostrártelo a ti.
Pero bajo la melancolía de la rutina,
el mecánico pasar del día al día,
la bruma pegajosa del alcohol,
la nostalgia al ver en el cielo otro sol,
el que la vida me arrastre de lugar en lugar,
como si fuera el viento con una cometa...
No me importa porque, al final,
lo que aparece siempre es tu silueta.

Es difícil vivir enamorado,
es difícil vivir sin estar a tu lado.
Es difícil vivir de todas maneras...
y puede que yo sea un luchador
o, tal vez, sólo un superviviente.
Pase lo que pase,
seguiré navegando contracorriente.
Y cuando llegue la hora del desembarco
ojalá seas tú
la persona que me esté esperando.


martes, 22 de julio de 2014

23 de julio

Las catacumbas que oculta la vieja torre
tienen fama de que, en la noche,
surgen de ellas voces y ruidos
que no corresponden...

En esa torre se alojaba un hidalgo
en su autoimpuesto exilio.
Escuchaba las habladurías
con cierto escepticismo,
pero otorgando de la duda el beneficio.
Después de todo, ¿qué no había vivido?

La vida y las casualidades
parecían haberle llevado a habitar allí.
Pero nada extraño había ocurrido...
hasta que una noche de invierno,
sin encontrar explicación y motivo,
se halló dentro de las catacumbas,
en lo más profundo.

Alguien le llamaba, y el hidalgo acudió.
Esa fue la única explicación.
El amistoso guardia, custodio del portón,
no pareció reparar en su presencia
a pesar de cruzárselo en la bajada
y, posteriormente, en la subida.
El destino quería que lo hiciera.

Permaneció el hidalgo en las profundidades
durante la eternidad que dura un momento.
"No rechazar la ayuda a ser alguno".
No importaba qué, debía honrarlo.
Ese era su juramento...
Y a su pesar descubrió que era de aplicación
independiente de que el ser estuviera vivo
o muerto.

En las profundidades tuvo una revelación
que turbó su alma.
Recordó la profecía que recitó un espectro
cuando el hidalgo no era aún un hombre,
antes de las terribles noches de tormenta:
"Amarás a tres mujeres
que destacan entre multitud;
y tras ello tendrás un hijo...
no importa qué consigas,
él será mil veces mejor que tú".

Esas profecías habían sido desechadas como falsas.
Pues, tras la tercera,
el hidalgo había abrazado a mil muchachas
y había yacido con otras mil.
La profecía no tenía sentido, se decía...
realmente fue todo una ilusión
y las frases del destino no están escritas.
Mas en las catacumbas malditas,
en esa fría noche de invierno,
el hidalgo sintió el abrazo
de la fantasmagórica verdad
y hubo a su pesar de reconocerlo...

En ningún momento
había especificado
ese olvidado espectro
seguido de la oscuridad
que sus quedas palabras
hubieran de volverse realidad
en su tierra natal.

domingo, 20 de julio de 2014

I a V

I

Bebiendo una cerveza sin alcohol
mientras cae poco a poco el sol,
tumbado en un viejo sofá...
Me siento bien.
Esta mañana caminé demasiado
y en este momento de tranquilidad
no me preocupa nada más
que estirar las piernas y disfrutar.

Y mientras me fundo
en los cojines,
echo un vistazo somnoliento
a mis compañeros de departamento,
ambos enfrascados en su computador.
Y sonrío mientras quedo dormido;
agradeciendo su amistad,
redescubro que en el día a día
también se encuentra la felicidad.

II

No sé si sabe, señorita,
que cada vez que me he despertado a su lado
me he quedado más de una hora
mirándola embelesado,
sintiendo su largo cabello en mi cara,
conteniéndome para no besarla
y que así no despertara.

En ese hermoso momento
que hizo feliz a la eternidad,
volví a determinar que mi vida
ahora mismo es plena,
que mi espíritu es fuerte,
que no tengo deudas,
que con lo que tengo
no necesito nada más.

Y por eso mismo pretendo,
al no estar mi felicidad
atada ni condicionada,
invitarla a entrar en mi ser
y regalarle a usted
mucho más
que una amistad.

III

La gente dice que tengo un punto de locura
y no soy tan sabio como para negar la veracidad.
Pero no voy a disculparme
por escapar de la rutina, por evadir la mediocridad.
Me gusta jugar, arriesgar a todo o nada
e independiente de perder o ganar
encontrar en cada momento la felicidad.

Y si corro en la noche,
hago amistades de manera desubicada,
redescubro la belleza en cada mañana
y me enamoro de la vida...
no me importa, llámenme loco,
pero déjenme seguir viviendo
esta mi existencia afortunada
y que no me preocupe nada más.

Pues es hoy el presente...
el mañana ya aparecerá.

Todo el mundo está invitado
a asomarse al corazón que hay
tras el abrigo gris y la camisa formal
que debo colocarme cada día
para ir a trabajar.
Encontrará que cada inolvidable momento
está envuelto en una ráfaga de color
y, como en una atracción infantil,
puedo construir un laberinto
donde cada recodo lleva
hasta una nueva risa que compartir...
y así hasta llegar a la salida
donde me ofreceré
para acompañarles en lo que depare la vida
junto con un abrazo fraterno, una sonrisa
y el mencionado punto que parece de locura
pero que realmente es consecuencia
de vivir como quiero,
sin pensar en lo que otros creen de mí.
Vivir como yo quiero... feliz.

IV

La niña corre con el cachorro de quiltro en sus brazos.
Ella ríe y el cachorro se resguarda en el abrazo
y en el mundo no parecen existir más que ellos dos.

El viajero corre mientras suena la canción en sus labios.
Su amor lo encuentra en el andén repleto de gente
y en la vida no parecen existir más que ellos dos.

El planeta corre mientras yo le pido que gire más lentamente
pues quiero tener aún más tiempo para disfrutar
de las estrellas que brillan esta noche
y mis ojos se agrandan para contemplar su inmensidad.
La Vía Láctea saluda esplendorosa,
una luciérnaga cruza el cielo
y, como un niño pequeño, me sorprendo
y río al haber lanzado al aire un deseo
mientras que, en todo el Universo,
no parece existir nada más.

V

Si las palabras pudieran describir
al cien por cien como me siento,
cada una de las letras
que componen esta poesía
mostrarían en su trazo una sonrisa.


viernes, 18 de julio de 2014

Papeleo

Encontré la habitación limpia y cálida
a pesar de que era barato
ese discreto motel en Madrid,
en plena calle Santiago.
Era poco más que un lecho y un baño
pero, ¿qué más necesitábamos?
Alquilé la pieza por tres horas
y ese pequeño secreto
terminó convirtiéndose en tradición.
Con una sonrisa,
me percato ahora de la ironía
implícita en su ubicación.

El escenario cambia
y vuelvo al momento presente.
Sentado con un número en la mano,
en una sede, en otro Santiago,
de la policía internacional.
Y aquí estoy escribiendo poesía,
en espera de que la funcionaria
me quiera llamar.

Pero mi memoria viaja año y medio atrás.
Y aunque yo me comprometí a no volver a amar
hasta aterrizar en Chile, fue sólo una falsedad.

Recorrí España amando
a pesar de que el pasaje comprado
era la condena de cualquier relación.

Sevilla me enseñó el error de la pasión
y el dolor que recuerdas con gratitud;
Guipúzcoa la ternura de decir "maite zaitut"...
y recuerdo una muchacha demasiado joven
que, en Talavera de la Reina,
me pide que me recueste en sus piernas
y comienza a acariciar mi cabeza
mientras se va durmiendo el atardecer.
Así hasta llegar a esos largos paseos en Valdebebas
donde una amiga se convirtió en mucho más.
Pero los besos y las promesas quedaron en nada
y ella hizo desvanecer de mi lado su silueta
al empezar la Navidad.

Faltan treinta números
y hace frío en esta oficina policial.
También tengo hambre, no he desayunado
y de buena gana me metía un ave palta
ahora mismo entre pecho y espalda.
Sería más fácil si mi hambre
sólo tuviera como protagonista la comida.

Porque me avergüenza reconocer
que la soledad en Chile me hizo cometer
el error de desnudar mi alma
en dos noches de pasión.
Y guardaré cada uno de esas memorias
como hermoso recuerdo feliz.
No duraron lo suficiente
como para dejar siquiera otra cicatriz.

Llega mi número.
La funcionaria pregunta mi nacionalidad.

Quiero responder
que mi patria es la gente que me quiere,
mi país la cama donde dormiré esta noche,
mi escudo las fotos que atesoro en mi interior,
mi himno el nombre que susurro...
Mi propósito es dejarlo libre tras tanto tiempo,
permitir volar al corazón.

Miro a la funcionaria a los ojos y respondo:
"Español".
Y ella me extiende una certificación
con tal foto mía que puede suponer
mi inmediata deportación.

Así que me encamino al Registro Civil
(aunque parezca exagerado, 
la burocracia aún no ha acabado)
y en la boleta con el número se lee
"tiene ciento seis personas delante de usted".

Eficaz manera de fomentar la procrastinación.

Pero mi mente no quiere evocar nada más,
así que me quedo varado en el momento actual:
Aunque cueste creerlo, de nuevo vuelvo a sentir.

Chile ha sido en mi alma
igual que el antiséptico en una ceja abierta:
Desinfecta mis recuerdos,
pero anda que no jode en el proceso.

Ahora, como tabula rasa,
me veo creando nuevos recuerdos con una muchacha
pero, extrañamente, sin preocuparme por qué ocurra más allá.
He descubierto que debo pensar menos,
he descubierto que debo sonreír más.
Por una vez, simplemente, me dejaré llevar.

Y en cuanto llegue mi turno
y me den un papel que, irónicamente,
nada explica de mí
pero se llama "cédula de identidad"
saldré a la calle con la única certeza
de que mi nueva vida
acaba hoy de comenzar.

martes, 8 de julio de 2014

Golpeado por la vida

Debo reconocerlo, señor abogado:
Mi motivo no fue otro que estar bastante aburrido
y, por pasar el rato, me lié a hostias con la vida.
Ahora tengo los nudillos pelados, la frente partida,
mucha tierra en la boca y el orgullo herido.
Aún no he aprendido a caer sin hacerme daño
pero tampoco sé rendirme y permanecer tumbado
mientras el árbitro cuenta hasta diez.

"Accidente común" reza el parte médico.
¿Común? Como si pudiera darle crédito
a cualquier cosa (cualquiera) que digan de mí.
Y aún en estas condiciones ensangrentadas,
¿me atrevo a hablarle de amor a una muchacha?
Podría haber acusado a todo el alcohol que bebí,
pero eludir la responsabilidad no es mi estilo.
¡Total, si el existir es tan divertido
que la vida, tras estrellar mi ceja contra la grava
me recoge y me deposita suave en una cama
donde al despertar lo primero que veo es su cara!

Y aunque todo puede que empiece y acabe
en un único momento de ternura,
esta vida en la que todo pasa
me deja otro bello recuerdo
que me sirve para compensar
el haberme regodeado
(durante tanto tiempo)
en el dolor del pasado.
Se han roto herrumbrosos los eslabones
que encadenaban mi alma al suelo
y vivo volando este presente...
asumiendo incluso gustoso el riesgo
de que, al aterrizar, vuelva a destrozarse mi frente.
Pues son MIS errores y son MIS aciertos,
no estoy dispuesto a renegar de ellos.
En esta decisión mía de no ocultar los sentimientos,
miro a la cara a mis peores vergüenzas...
y tras esa decisión, descubro que ya no me afectan.

Curioso que, ahora que peino canas
(tras un juventud casi espartana),
descubra que soy callejero, carretero,
y hasta la peor acepción de caletero.
Desde hoy, en cada brillante amanecer,
en cada atardecer color pastel,
le mostraré al sol una nueva cicatriz
y, como pesado que soy,
le contaré la historia de cómo la conseguí.
Pero, al mismo tiempo,
evocaré para mis adentros
este mi nuevo y pequeño recuerdo feliz.

miércoles, 2 de julio de 2014

Opilión

Chile no es un buen lugar para los arácnidos.
Con el miedo que hay a las arañas de rincón,
no importa que uno sólo sea un humilde opilión...
o escapas o acaban contigo de un escobazo.

Por eso pensé que mi suerte había terminado
cuando se hizo la luz en esa fría habitación
y me encontré frente a frente con un humano
que pareció estudiarme un eterno momento.
Pero, simplemente, extendió su mano
y, con una caricia, me agarró suavemente
y me depositó encima de una mesa.

Luego me habló con una sonrisa irónica:
"Después de recibir durante una semana
únicamente visitas de espectros y fantasmas
(la reputación de estas torres es merecida)
es agradable ver un huésped de carne y hueso
o, en este caso, de carne y quitina.
Aunque me temo que mi arrendada casa
no es el mejor lugar para un artrópodo...
y quizás, tampoco para cualquier otro animal.
Como ves, en mi hogar, la temperatura glaciar
sólo es apreciada por los pingüinos emperador
que han encontrado su hábitat ideal en mi habitación.
Pero el ordenador portátil dará bastante calor
como para que te encuentres cómodo acá.
Yo también quisiera sábanas más cálidas
donde mis pies no acaben envueltos en témpanos
pero invitar a alguien para compartirlas
es lo único que se me ocurre como solución
y, por desgracia, me temo que no será hoy
cuando se llegue a esa situación."

Y con esas excéntricas palabras,
el humano me rascó los quelíceros
como si yo de un perro me tratara.
Luego cambió su camisa por un polerón
y me invitó solemnemente a participar
en lo que él había decidido llamar
"una velada degenerativa inesperada".
Eso significaba que su plan era caer en la cama
para ventilarse unos nachos con queso
y una tableta de chocolate entera,
acompañado todo de una cerveza negra
mientras escuchaba una música tan mala
que, aunque los opiliones somos sordos,
hasta a mí me daba vergüenza que sonara
(no me miren así, sé leer los labios
y por eso me enteré de qué hablaba el humano).

Aunque raro, reconozco que fue buen anfitrión.
"Ojalá seas de tipo omnívoro" -me dijo-,
"no creas que tengo comida para bichos."
 Y rompió en pedazos unos nachos y se fue,
 para después traerlos junto con orégano y miel
e invitarme con un ademán a comer.

Y mientras devorábamos nuestras viandas,
me quedé mirando al particular humano.
Me pregunté porqué no me había matado
de un vulgar zapatillazo
y, en cambio, me estaba dando de comer.
Como sintiendo mi confusión,
el humano respondió:
"¿Cuáles son las probabilidades
de que dos seres vivos cualesquiera
se encuentren un punto aleatorio
de este inmenso mundo?
¿Y si a eso le añadimos
la probabilidad condicionada
de que entablen relación?
Imagino que mínima, ¿verdad?
Pero si tú y yo nos hemos encontrado
(lo cual ya es un pequeño milagro)
y además hemos entablado relación,
¿por qué habría de ser ésta
el hacernos daño?"

Y después de cenar,
cuando la luz ya se apagó,
me quedé velando el sueño del humano
en la pequeña y fría habitación.
Aunque no es habitual la amistad
entre un hombre y un opilión,
al haberse producido ésta
sabe que, por pequeña que sea,
cuentas con mi bendición.


sábado, 14 de junio de 2014

Felicidad

Dorado, naranja, rojo, púrpura, rosado...
El espectro de colores mostrado por el cielo
reflejado en la superficie del océano
y mis cuatro amigos y yo allí sentados,
en el punto más alto del arrecife,
mirando al mar embelesados.

Hasta que me pregunta el Mono:
-Y tú, ¿en qué estás pensando?
-Un amigo me lanzó un desafío,
crear cinco poemas alegres seguidos.
Algo que en principio debía ser sencillo
veo que se me está complicando.

-Me resulta extraño que hayas aceptado,
tus poemas sólo hablan de noches demasiado oscuras,
de amores perdidos y metáforas rayando la locura.
Siempre has sido un solitario rodeado de gente,
un artista escondido tras los números,
un estúpido inteligente, una contradicción viviente...
y tus escritos no son más que el modo que tienes
de escapar de una realidad que no sientes.

El Águila intervino:
-De hecho, tus únicas poesías no tristes
son aquellas dedicadas a muchachas
que correspondieron tus sentimientos
y fueron escritas en ese mismo momento...
pero te conozco, y no llegas a ser de esos
que necesitan una relación romántica
para sentirse feliz y completo.

Suspiré.
-Quizás, simplemente, debería crear
la segunda parte del "Perro Bastardo".
-¿Esa poesía en la que con un hacha
a los alcaldes ibas por ahí capando?
-Esa.
-Lo reconozco, era buena...
pero tampoco la alegría de la huerta.
-Quizás mi noción de alegría
sea, simplemente, distinta...

Extendiendo sus grandes alas,
preguntó el Águila:
-Pues, ¿qué es para ti la felicidad?
Buena pregunta...
Quizás debería definir eso primero
antes de escribir sobre un concepto
que posiblemente no tenga claro.

Siempre lo he sabido, sin embargo,
que la nostalgia y la melancolía
pueden actuar como una droga
y he sido adicto durante un tiempo
mientras estaba desocupado y lejos...
Pero ahora que no necesito ni metadona,
me encuentro con un vacío en mi pecho
que no tengo decidido como rellenar.

El Lagarto, tipo callado por excelencia,
con un bufido amigable aconseja:
-Podrías escribir una poesía
sobre lo que en las noches sueñas.

El reptil lo dice por ayudar,
mas yo arqueo una ceja.
No sabe el pobre que en mis sueños
habitan disparos, huidas y navajazos...
y que si es cierta esa creencia
de que en nuestros sueños lo que vemos
son realidades paralelas a la nuestra,
alguien en algún otro mundo ha proclamado
una alta recompensa por mi cabeza
y a mí todavía no me han avisado.
No... ese no es un buen consejo
si se trata de crear una poesía
donde lo que prime sea la alegría.

Mientras, la Cabra, durmiendo
sobre mis piernas sin pantalones,
hace también su aporte:
un eructo de grandes proporciones.

Suspiro y el primate propone:
-Deberías buscar la alegría
en cada momento del día.

Le miro con cara circunstancial.
-¿Incluso ahora?

-Incluso ahora.
¿Qué problema hay?
Estamos cinco amigos bajo el atardecer,
contemplando una imagen de postal,
en un momento casi mágico de luminosidad
y no quedan Manzanas, es verdad,
pero esta será una noche estrellada
y el sol volverá a brillar mañana.

Hablo al mono como quien habla a la nada.
-Simio, estamos mirando al ocaso acá
porque la furgoneta dice que ya no anda...
la noche va a ser más que fría, congelada,
y yo no es que no tenga pantalones,
es que la puta cabra, mientras dormía,
ha devorado también mis calzones;
y llega la hora de la cena,
y no tenemos tampoco provisiones.
¿Y tú me dices que a pesar de todo,
debo sentirme alegre en este momento?

(sonido de grillos)

-Esto...
¿has visto que bonito está el cielo?

jueves, 12 de junio de 2014

II de V

Bajo el escudo protector.
Siempre parece la decisión adecuada
pero, extrañamente,
siempre se tarda demasiado en tomarla.

Sed bienvenidos, frío y calor.
Bienvenidas también, dificultades.
Bienvenidos riscos, escabrosidades,
heridas, nostalgias, tempestades...
Ahora que habéis llegado
y ya nos hemos saludado,
nos hemos enfrentado
y os he vencido...
ya podéis partir.

Otros ocuparán vuestro lugar,
no tengo la más mínima duda,
y os agradezco el hacerme más fuerte...
pero en mi espíritu ya he llevado suficiente lastre
como para querer teneros siempre presentes.

Y ahora estoy aquí
(estúpida frase que sin embargo encierra
tal verdad obvia y universal
que es imposible de negar).

Con las manos en los bolsillos, de pie en la playa,
viene el olor del Pacífico en el frío viento de poniente.
Se cuela entre las nubes la primera luz del alba,
el sol aún tan débil que puedo mirarlo de frente.
Me he convertido, inesperadamente,
en el vértice entre tierra, cielo y mar.
Respiro y grabo este momento en mi mente
en el cual el mundo me dedica una sonrisa
y yo me he dado cuenta de ello.

Aún queda mucho por recorrer.
No importa qué problema se presente:
Pueden ser horas perdidas en la madrugada,
en busca y captura de una calle inexistente
entre las sombras de una ciudad extraña;
la niebla que todo lo engulle en las montañas,
o que la camioneta decida que ya no anda...

Siempre habrá una solución.
Siempre.
Aunque sea mandar el problema al carajo.

Y aunque se comporte la vida
como un manco conduciendo un coche
en lo más profundo de la noche,
a más velocidad de la debida
mientras se fuma un cigarrillo...

Aunque te comportes así, vida...
Te atraparé.

domingo, 25 de mayo de 2014

I (tercer intento) de V

La canción que suena en mi pieza llega débil hasta la cocina,
donde echo agua a ojo, un chorro de aceite y un pellizco de sal.
Antes de prender el fuego me quedo mirando la llama en la cerilla
y en mis labios una ligera mueca se convierte en una sonrisa
cuando acerco la pequeña flama hasta el pasado de mi vida
y acaban en el fuego los remordimientos sin razón de ser.

La olla me dice que quiere representar mi aventura
y yo me río pues su ocurrencia no me parece mal.
Así que en sus entrañas aumenta la temperatura
al conocer la que desde ayer es mi nueva filosofía
de que si el caldo se derrama sea por una alegría.

Pero quizá aún falte algo de picante que le dé sabor.
Dejo al cuchillo del deseo picando los dientes de ajo
y desnudo me zambullo en el pequeño mar de metal
cuyo destino es crecer hasta ser un océano real.

Allí me quedo flotando en la cálida inmensidad
haciendo inventario de cada personalidad
que a lo largo del tiempo me han adjudicado:
bohemio, ronin, anacrónico o desubicado...
Cada apelativo veraz, pero todos ellos equivocados
al ser mi alma mayor que la suma de las partes;
sabiendo ahora que en realidad he sido afortunado
con la canción que la gramola me ha obsequiado,
acepto mi responsabilidad por cada acierto y cada fallo...
pero cada momento saboreándolo.

Ahora sé desplegar mis alas,
derribar paredes con ellas
y comenzar a navegar
mientras llueven a mi alrededor
los granos de arroz.
Pueden ser cientos,
pero he descubierto
que sí era cierto
que cada uno de ellos
tiene grabado un mensaje
y que en la receta de mi vida
sólo tienen cabida
los que yo quiera degustar.

domingo, 18 de mayo de 2014

I (2º intento) de V


Un ejército de ángeles está alrededor de mí,
custodiando cada uno de mis excéntricos pasos.
No suena muy racional, lo sé,
pero es lo que mejor explica mi vida en Santiago.

Las paredes del zulo que es mi habitación
pueden parecer vacías, blancas y aburridas,
pero en cada atardecer se tiñen de color
y yo vuelo por encima de la contaminación
hacia un punto cardinal elegido al azar.

Dices que quieres conocerme mejor
pero eso nos puede llevar mucho tiempo.
Tengo una historia por cada cana que peino,
una canción para cada pequeño momento
y distinta sonrisa según la dirección del viento.

Tienes curiosidad por las riquezas que poseo,
pero seguro aparece el vértigo al razonar
que un beso vale más que un millón de pesos...
Y es que el dinero acá no tiene mejor utilidad
que el de comprar un par de cervezas a medianoche
para compartir en casa de un amigo y brindar
por cada uno de los abrazos que aún han de llegar.

No me consideres loco por susurrar al aire un "te quiero".
No es tan raro que un céfiro se sienta halagado
y en agradecimiento me traiga aromas lejanos
o me levante del suelo rodeándome en sus aéreas corrientes
que me acerquen al mar hasta dejarme en los rompientes
y allí contemplar como la marea dibuja
al ritmo de lo que le dicta la luna.

Si me pierdes de vista, no soy difícil de encontrar.
Cada madrugada estaré en la Alameda,
participando con los quiltros en locas carreras;
cada mañana en San Miguel,
abrazando gatos callejeros en calles desiertas;
cada tarde en mi azotea,
acariciando la primera estrella que aparezca.

Y si no aparezco en ningún sitio listado,
mira a tu alrededor...
Lo más seguro es que esté a tu lado
y que, por alguna extraña razón,
esta vez me haya quedado callado.


lunes, 12 de mayo de 2014

I de V

Abro un ojo a muy temprana hora en la mañana.
Lo primero que veo es a un Macaco en mi almohada.
Cierro el ojo, respiro profundo, decido despertar.
Al lado del simio ahora hay también una Cabra.

Aunque el mono sea mi tótem y mi animal guardián,
cuando trae amigos a casa al menos podría avisar.

-¿Qué es esta vez? -pregunto somnoliento.
-¡Vámonos de viaje! -responde el cercopiteco.
Me quedo mirándolo y arqueo el entrecejo.
Increíble, debe ser la primera vez
que una buena idea se le ocurre al bichejo.

Mientras agarro una mochila y me visto,
el mono hace los preparativos:
alquila una furgoneta,
la pinta de fucsia, verde neón y amarillo
y avisa para que vengan
otros dos amigos...

Al Lagarto
(porque en todo viaje que se precie
debe ir un tipo inexpresivo)
y al Águila
(porque nosotros somos muy divertidos
pero, ¿quién cuidará de nosotros
si sólo vamos nosotros?).

El mono dice que todo está preparado,
que está todo en condiciones,
y que ha llenado el maletero de Manzanas
como duraderas provisiones.
La cabra también ha "ayudado".
Lo único que ha hecho en toda la mañana
ha sido comerse mis pantalones.

El mono y yo nos rifamos a pares o nones
quién de nosotros dos conduce.
Y como siempre, el que gana es el lagarto
(silencioso e impasible, pero tiene suerte
hasta cuando no está jugando).

De manera que arranca la furgoneta
y damos el viaje como comenzado.
Anécdota sin importancia
que el lagarto tarde demasiado
en subir hasta el volante desde los pedales
y para cuando quiere reaccionar
ya ha derribado tres alambradas y dos vallas
y está atravesando todo el sembrado.

Un carabinero no tarda en darnos el alto
y cae la multa correspondiente.
No porque conduzca un lagarto
ni por el caos que ha organizado.
La multa es porque yo voy en paños menores.
Pero, ¿cómo explicar de modo convincente
que una cabra se comió mis pantalones?

El viaje es reanudado
y tras tres horas y cuarenta y siete minutos de camino,
tras mil carcajadas, mil comentarios desubicados,
mil canciones de excursión y mil chistes verdes...
el águila, el más racional de los presentes,
pregunta: "¿y cuál es nuestro destino?"

Momento incómodo.

El mono responde que el viajar
no tiene nada que ver con el llegar,
que el simple hecho de moverse
es el mayor placer de esta vida
y finalizar el viaje es un accidente,
algo accesorio aunque ocurra frecuente.

Pero sus farfulleos no esconden
que le han pillado con el carrito del helado.
Que tanto planificar y planificar y planificar...
y el sitio donde nos tendríamos que bajar,
eso no lo ha pensado.

El águila es contundente.
"No es un buen viaje si no hay destino en mente".
El mono es romántico.
"No importa el destino si el viaje se está gozando".
El lagarto simplemente calla.
Bastante tiene con intentar que la furgoneta no se despeñe
mientras la cabra vomita por la ventana.

Para que los dos contendientes dejen de discutir,
propongo la solución perfecta:
El viaje sólo acabará cuando lleguemos hasta ti.
Un trayecto de duración indeterminada
(como quiere el mono)
pero que tiene una meta muy clara
(como desea el águila).

Y aunque me verás llegar
en una furgoneta de colores chillones,
rodeado de animales locos
y para más inri sin pantalones,
al menos sabrás que todo lo viajado
no tiene otro significado
que no sea
el de fundirme en tu abrazo.

sábado, 10 de mayo de 2014

Otra más

Suelo componer más y mejor
cuanto peor me siento.
Pero en esta ocasión 
tengo detrás mía a Erató,
con una ametralladora 
apuntando a mi pescuezo
y diciendo a voz en grito:
"imbécil, continúa escribiendo".

Tampoco tengo nada mejor que hacer.
El día es gris y frío tras el cristal,
y parece que hoy tampoco te veré. 

Miro el desorden a mi alrededor.
Las sombras se alargan en mi habitación
y cada pliegue en mi manta 
quiere ser una muesca por cada vez
que perdí una ocasión.

Es curioso que ni en la mejor fiesta,
ni con los mejores amigos,
se alivie esta eterna sensación de soledad.

Una silueta femenina se dibuja
en el blanco cielo de invierno,
y me pregunto si es buen momento
para atreverme a acercarme más.

La araña de rincón 
que desde hace siete meses habita en mi corazón
baila un agarrado
con la araña tigre 
que hizo un nido en mi cerebro.
Por una vez, esas dos parecen tenerlo claro.

Yo no estoy tan seguro.
Pero realmente no sé si viviré tres mil años
o si sobreviviré siquiera 
a las próximas dos horas.

Mirándolo de ese modo, 
tampoco cuesta tanto tomar cualquier decisión...
pero a cambio sí cuesta demasiado
tomar la vida en serio.

Y mi vida no ha dejado de ser una broma.
Una broma divertida, estúpida, demente,
desubicada, incorrecta, sincera, vehemente...
Pero siempre solitaria.

Decido salir a la ciudad y enfrentarme al frío.
¿Quién sabe? 
Quizás, por una casualidad, te encuentre.

Dejo a las dos arañas bailando mientras me visto.  
Iré pensando si merece la pena arriesgarse,
iré pensando si me acerco a ti conscientemente... 
Pero creo que la respuesta es "sí" porque,
aunque saliera mal...
¿qué importa? 

No creo que pueda estar más solo que ahora.

jueves, 1 de mayo de 2014

La poesía del subfusil


Crucé el océano
y subí a las colinas cubiertas de bruma.
Me hice amigo del aguacero en el desierto,
de la contaminación de la ciudad,
de la soledad en los parques por la noche
y de cada animal que me quiera escuchar.

Acaricio el subfusil.

Alcancé la cima de las montañas,
rodé por los senderos cubiertos de polvo,
me dejé los pies en los rompientes,
y mi superyó pregunta nuevamente
"¿te arrepientes?"
pues él mejor que nadie sabe
que todo esto lo hice buscándote
sin saber siquiera si existías.

Dos cartuchos en la recortada.

Me instalé en la cueva más profunda
y es tentador quedarme acá,
arropado, en paz,
olvidarme del mundo de fuera
y olvidarte también a ti.
Pero sin saber muy bien
qué quiero conseguir,
escalo y salgo al exterior.

El cuchillo está bien afilado.

Los precedentes no son buenos.
Quizás realmente esté enfermo
por eliminar de forma consciente
todo pensamiento racional,
ignorar mis cicatrices
y querer compartir momentos contigo.

No debería hacer tantas locuras tan a menudo.

Pero esta vez no se cumplirá el guión...
El error me encontró preparado.
Y mis instintos y mi mente enferma
no se saldrán nuevamente con la suya.

Apoyo el subfusil en mi pecho y aprieto el gatillo.
El corazón sale despedido;
uno de mis gatos callejeros lo olisquea,
lo agarra con la boca y se lo lleva.

Me vuelo la cabeza con la recortada.
Mis sesos desperdigados protestan con vehemencia...
luego se distraen viendo por sí mismos el exterior
y se olvidan de mí.

Agarro el cuchillo y de un certero tajo
elimino también mis bajos instintos.
Resulta que se parecen algo a mí tras tanto tiempo juntos:
Una vez libres, mis genitales se van a hacer turismo.

Desde entonces camino por la vida
convertido en un eunuco con un agujero en el pecho
y con otro hueco donde antes había un cerebro.
He eliminado toda posibilidad de acercarme a ti.

Ahora mis amigos me dicen que,
últimamente,
mi conversación ha mejorado.
Que se me ve más inteligente,
que me visto con mayor propiedad,
que no estoy tan desubicado.
Que las muchachas se fijan más en mí
y que todos quieren llevarse bien conmigo
porque les parezco, de manera extraña,
un tipo muy interesante.

Es lo que pasa siempre:
Todo el mundo habla bien de ti
cuando no estás vivo.

Pero si yo me convertí en esto
fue para dejar de pensar en ti,
para dejar de soñar contigo,
para dejar de imaginar queriéndonos,
para llevar a cero la probabilidad
de acariciar tu cuerpo.

Sin embargo
las cosas no están funcionando.
En mis tres ausencias
la carne se regenera
y es tu nombre el que están formando.
Y de nuevo quiero salir afuera
para encontrarme contigo
y volver a enamorarme.

Preparo la motosierra.

jueves, 24 de abril de 2014

Nueva poesía en Santiago: Español, cristiano y poeta

Y cuando por fin tengo a la muchacha
frente a mí sentada en cena romántica
y en ambiente idóneo para ligármela,
cometo la terrible torpeza
de sacar el tema
y decirle lo que opino yo,
con sinceridad,
del presidente español.

Raudo aparece de debajo de la mesa
un sujeto con caro traje y cara mala,
diciendo que
"según la ley de Seguridad Ciudadana
es una infracción grave
el ultraje a las instituciones de España".

Yo protesto (con educación):
-¡Capullo con pinta de contable!
¿No habría que definir antes qué es ultraje?

Y él me responde (con educación):
-Al contrario, esta es la pauta.
Las leyes ambiguas permiten
cazar a los que son como tú, perroflauta.

Yo protesto (con educación):
-¿No hay una ley que me respalda?
¿Y mi libertad de expresión?
A ver si va a ser verdad eso
de que con Franco se vivía mejor.

Y él me responde (con educación):
-Te jodes, cabrón.
Si no naciste de sangre real
y no tienes fortuna ni aval
según el último catastro,
o una vez nacido no te enchufó algún concejal
o no te hiciste amigo de algún politicastro
para con esos méritos ser nombrado asesor,
se te aplica la ley nueva.
O, en su caso, la que más nos convenga.

Yo protesto (con educación):
-Pero, gilipollas chaquetero,
¿no ves que estoy en el extranjero?
¡Estoy fuera de tu jurisdicción!

Como por arte de magia,
aparece a su lado
un miembro del consulado:
-Haga el favor, ciudadano,
de comportarse y ser racional;
¡no vaya a convertir un problema doméstico
en un conflicto internacional!

Quizás evalentonado
por dos cervezas que,
antes de salir, en casa tomé
y que, curiosamente habían caducado
aunque fue ayer cuando las compré
en el supermercado de aquí al lado,
contesté (con educación):

-¿Me debo preocupar por lo que diga
el representante de un funcionariado
cuyo labor históricamente
la desempeñó un caballo?

Y hala, ya la he liado.
Estos petimetres no tienen nada que hacer conmigo
(ni siquiera la ley se ha aprobado)
pero, como buenos burócratas, a mí me han jodido...
Efectivamente, la chica se ha marchado.

Así que salgo cabreado del restaurante,
con mis convicciones nunca vacilantes,
pero con mi paso algo sí tambaleante.

Me recibe la que ya es habitual en mis poesías:
la ya célebre madrugada santiaguina,
además de cierto gato gris callejero
al que bauticé hace dos días como Joputesco
por su linda y amable personalidad.

La madrugada santiaguina, Joputesco y yo.
Trío calavera al que sólo faltaría
que se nos uniera el diablo
para montar una buena timba.
Y posiblemente así lo hubiera hecho el demonio
de no ser porque está con depresión.
Al parecer se está planteando arrepentirse
y subir al cielo.
Y es que su tradicional trabajo es últimamente innecesario.
Lo hacen mucho mejor
algunos de sus autoproclamados antagonistas
con alzacuellos inmaculados pero en el espíritu afiladas aristas.

De repente, aparece a mi lado, dando un bote
y chillando, un orondo sacerdote:
-¡Blasfemo! ¿Cómo pones eso en una poesía?
¡Un Padre Nuestro y cincuenta Ave Marías!

-¿Pero es que ni una poesía me dejarán hacer tranquilo?
¿Qué autoridad moral ostenta usted
como para decirme qué tengo o no qué poner?

Y el cura saca de debajo de su sotana
un montón de legajos
que muestran unos cuantos irrenunciables datos:
Mi partida de bautismo,
mi certificado de confirmación,
mi historial como catequista
y hasta la fecha de mi extremaunción.

Parece ser que ser cristiano
ya no es un acto de fe.
Parece ser que ser cristiano
es como una nacionalidad:
Lo que digan unos documentos.
Y nada más.

Repliqué con sosiego:
-Padre, perdone que me muestre en desacuerdo,
pero en mi humilde opinión
creo que, a pesar de los nuevos aires que entran en la Iglesia,
están alejándose demasiado de las figuras
del padre Daens y el padre Damián,
o de San Francisco de Asís,
o incluso del propio Jesucristo.
Así que, teniendo en cuenta que yo soy mayor de edad,
¿por qué no se busca a otro al qu...

No pude acabar una frase
que me habría metido en problemas.

Y no pude acabarla
debido a dos enormes dedos
que me agarraron del pescuezo
y me colocaron cara a cara con Dios.

-Hijo mío, te veo esta noche
bastante combativo y desvergonzado.

-Bueno, Señor, no acepto toda la responsabilidad...
¡que conste que eres Tú quien así me ha creado!

-De acuerdo, tanto para el caballero.
Ahora respóndeme, ¿qué haces tú para mejorar todo eso?

-Por supuesto, mi Señor.
Lo que hago es escribir
sobre todo lo injustificable
que en este mundo acontece,
en las diversas redes sociales.

Dios frunció el ceño y puso delante de mí
la Celestial Grabadora.
Así pude oírme decir:

-Por supuesto, mi Señor.
Lo que hago es escribir
sobre todo lo injustificable
que en este mundo acontece,
en las diversas redes sociales.

Dios me miró fijamente.

Yo puse mi mejor cara lerda
y musité:
-Que yo mismo me doy ya
una hostia con la mano abierta,
¿non?

Dios suspiró, me despidió del cielo
y me encontré de nuevo sobre la tierra. 

Parece ser que todo fue un sueño,
pues abrí los ojos
y me encontré en una reunión de poetas y bohemios
y uno de ellos terminaba de recitar en ese momento:

"No tengo miedo, 
más siento
en mi pecho una opresión.
Si no se me condenó a vivir solo,
¿por qué se me condena a vivir sin amor?"

Al parecer, me tocaba leer a mí...
pero decidí improvisar.
Y nació un bello verso de rima asonante:

-Te meto un pollazo en toda la cara
que te quito la ñoñería, gilipollas.

Pude verlo en sus ojos.

Pude verlo en los ojos de todos esos poetas
románticos y bohemios...

Efectivamente.

Como era de esperar, no apreciaban la poesía minimalista.

Y me desperté del auténtico sueño
cuando me echaban a patadas de otro sitio.

Ahí estaba, recostado en la madrugada santiaguina,
con Joputesco dormitando en mi regazo
y en el suelo un par de latas de cerveza vacías.

-Te juro por la novia que no tengo,  
que no vuelvo a bebérmelas caducadas

Pero escuché de Joputesco su ronroneo:
-No puedes jurar por lo que no existe.

-¿Lo juro por el mundo?

Escuché de Joputesco su murmullo quedo:
-No puedes jurar por lo que no te pertenece.

-¡Lo juro por mi vida!

Escuché de Joputesco un maullido lastimero:
-Júralo por el mundo,
es más tuyo que tu vida.

Y Joputesco cambió de postura
y cayó en un plácido sueño.

lunes, 7 de abril de 2014

Dedicado a "Laura"

Preciosa Laura...
Si mis cálculos no me fallan,
vuelves a tu país esta madrugada.

En nuestra despedida prometí no buscarte,
prometí incluso por azar no encontrarte,
pero nunca juré no despedirme de ti...
Y si no puedo hacerlo en persona
pues sé lo problemático que sería,
al menos déjame escribirte una poesía
que es imposible que llegues a leer.

Para que todos lo sepan,
conocí a Laura una noche,
hace unas semanas,
a una hora indeterminada.
Yo volvía de estar en la fiesta
que organizaba en su casa
el amigo de un amigo...
Fiesta, sinceramente,
cuyo motivo ni recuerdo
ni ahora importa.

Yo había bebido una copa de más
(lo sé, menuda novedad)
y la Plaza de la Constitución estaba en silencio...
hasta que la escuché gritar.
Era una mujer más o menos de mi edad,
cabello azabache, piel canela como la canción
y unos bellos ojos negros y salvajes
que reconozco podrían haber sido los culpables
de llevar al demonio hasta su perdición.

El grito no era debido
ni a un robo, ni a un asalto, ni a un infarto al corazón...
la muy loca estaba increpando a una pareja de carabineros
(acusándoles de la muerte de Salvador Allende)
y salían de su boca mil insultos en un español de irreconocible acento
junto al inconfundible hedor etílico que abrazaba su aliento.

Yo nunca he sido inteligente.
Y antes de que la situación tomara un cariz violento,
grité el primer nombre que me llegó a los labios en ese momento...

¡Laura!

Influenciado, he de reconocerlo,
por haber releído en la fiesta unas horas antes
-para hacer la coña-
el surrealista mensaje de despecho y despedida
de una ex-novia enfurecida.

La muchacha recién rebautizada
quedó afortunadamente callada
(y bastante extrañada)
mientras yo azorado les explicaba
a la pareja de carabineros
que la chica era una amiga mía,
que había bebido demasiado
y que la había perdido sólo un momento de vista...
Les agradecí que la hubieran encontrado
y me disculpé mil veces con los pacos.

Dios estuvo de nuestro lado.
Tras soportar un breve sermón indignado,
avisándonos del lío que nos podríamos haber buscado
y creyendo que no éramos más
que un par de turistas españoles agilipollados,
los carabineros nos dejaron marchar.

Dos cuadras más lejos,
la muchacha vomitó lo que llevaba dentro.
Luego me miró con sus ojos fieros
y recalcó con voz temblorosa
que no estaba borracha,
que simplemente había sufrido
un arrebato emocional
y que con alguien (aunque fuera carabinero)
lo tenía que pagar.

Por supuesto, sonreí irónico,
era un motivo tan lógico...

Le pregunté su nombre.
Ella me devolvió la sonrisa sarcástica
y respondió:
"Laura".

Y así fue como se conocieron
en la madrugada santiaguina
la bella y temeraria felina
y el flaco poeta buscavidas.
Lo que quedaba de noche
lo pasamos sentados en un banco
hablando de nuestra vida y milagros
incluyendo hasta el más íntimo detalle.

Así supe que Laura
era chilena de nacimiento,
estadounidense de adopción,
apátrida de corazón,
rencorosa hacia el mundo por devoción.
Supe de la primera vez
que sufrió por amor,
supe de sus problemas con sus padres,
de su vuelta a Santiago
para arreglar cierto papeleo
que ni le interesaba ni le importaba,
supe que siempre se emocionaba
escuchando a Air Supply y Willie Nelson
o leyendo a Jodorowsky y Mariano Azuela,
y que temporalmente se hospedaba
relativamente cerca de Tobalaba.

Y los primeros tonos dorados del alba
nos encontraron caminando,
agarrados del brazo
y con pasos levemente tambaleantes
en busca de algún lugar abierto
donde desayunar alguna sopaipilla...
sabiéndonos al borde de caer en el río del amor
pero manteniéndonos a duras penas en la orilla.

Continuamos paseando toda la mañana,
hasta que los efectos de la noche anterior
hicieron acto de aparición
y adormecidos nos recostamos
reposando el uno en el otro apoyados,
a la sombra del cerro San Cristóbal.

Y a la tarde llegaron nuevas horas maravillosas a su lado,
aunque el sol se cansó de observarnos
y nos dejó bajo el rojo ocaso,
mirándonos embobados,
una nariz separada por tres milímetros de la otra nariz...

Pero no caímos en la tentación.

Y mi viejo amigo, el barrio Bellavista,
nos abría sus brazos,
engulléndonos en su interior.

Alquilamos una habitación para pasar la noche
en un motel bonito pero relativamente barato
(aunque quizás fuera realmente horroroso y caro,
pero yo no quiero así recordarlo).

Ella me acarició
y me miró fijamente.
Me dijo que siendo yo tan buena persona,
le daba miedo
todo lo que llegaba a ver en mis ojos.

Yo suspiré y rompí ese momento
cayendo a plomo en la cama.
Ella esbozó su sonrisa felina y,
de mala gana,
preguntó:
-¿De veras no va a pasar nada?

A mi pesar, asentí.
Ella se desnudó por completo frente a mí,
se tumbó a mi lado,
me abrazó y ambos nos quedamos así
durante demasiadas horas.

La mañana siguiente sería la mañana del adiós.

A pesar de que era un día caluroso y soleado,
lo recuerdo como envuelto en bruma.
Ambos nos dimos cuenta de que,
sólo por el hecho de nacer, la vida es injusta.
Nunca sabes si cuando estás con una persona
será la última vez que la veas...
pero es tremendamente cruel cuando sí lo sabes.

Por primera vez,
Laura y yo nos besamos.
Nos besamos con desesperación, con anhelo,
con furia, con deseo...
Ambos sabíamos que no volveríamos nunca a vernos.

No hubo una sola lágrima por su parte ni por la mía.
Era una condición que nos había impuesto la vida
por haber dejado que nos conociéramos.

Como ves, mi loca y perfecta Laura,
han pasado las semanas
y no he olvidado la fecha de tu partida.
Si me preguntan, diré que jamás ha ocurrido,
que todo es inventado,
que jamás exististe,
que esta poesía
no es más que una parida
por una desubicada alma escupida
debido a que se aburría...

Pero si tú, mi preciosa felina,
mi amor de tres días,
por una casualidad de la vida llegaras a leer esto,
ten por seguro que tu recuerdo quedó grabado
en el espíritu de este desgraciado.
Te deseo buen viaje en esta madrugada
de vuelta a ese país que,
al igual que este, no sientes como tuyo.

Y te pido perdón
y ojalá no te ofendas...
Ojalá comprendas
que teniendo allí un buen esposo
y un niño de cuatro años,
simplemente me sentí incapaz,
pequeña Laura querida,
de complicarte la vida.

jueves, 3 de abril de 2014

Pequeño Interludio 4: Sin dedicatoria

Agarro una silla.
Me sirvo un largo trago de tónica.
Miro a mis invitados.

Me siento descortés
pues sé que pedirán alcohol los tres,
y yo no quiero acompañarlos.
Pero también sé
que esta será una larga noche
y yo necesito estar sobrio para enfrentarlos...

Mis invitados.

Quieren hablar
de mi estabilidad mental,
de mi situación sentimental,
de si estoy bien o estoy mal.

Qué novedad.

Mis invitados.
Mis tres invitados...
Mi futuro, mi presente, mi pasado.

Le sirvo a mi futuro un generoso chorro de whisky
en un ancho vaso con tres hielos.

Mi presente pide simplemente tomar un poco de pisco
sin nada que acompañar.

Mi pasado agarra una botella de cerveza negra,
un trozo de chocolate puro y una bolsa de cortezas...
Después levanta su bebida e, irónico,
brinda por mí.

Aún no me ha perdonado.

Mi pasado
me odia por todas las veces que dijo "te amo".
Por cada vez que ha jurado que no se marcharía de su lado.
Por todas esas promesas que debieron haber sido eternas,
porque se atrevió a soñar con cuidar
a cada muchacha que ha amado hasta el fin de los tiempos,
porque cada vez que su boca pronunció "te quiero"...
Era cierto.
Él lo decía de corazón.

Pero yo le he convertido en un mentiroso.
Y siento en mi pecho el rencor de sus ojos.

Todos correspondemos al brindis.
Todos nos llevamos la bebida a los labios.
¿Qué otra cosa podemos hacer?
Por mucho que escucharlo duela,
mi pasado ya no tiene aquí influencia.

Mi futuro,
esta noche, parece divertido pero desdibujado.
Y quizás, ligeramente ebrio,
hace el juramento
de entregarse por completo
a la primera mujer que lo encuentre
tras haberlo buscado
con la única intención de abrazarlo.

Pobre estúpido.
A pesar de que sabe lo que está por llegar,
aún se escapa como un gato bohemio
a los tejados para recitar a la luna sus poesías,
sin querer reconocer que a esa lejana roca sin alma
poco puede importarle si vive, si muere o si ama.

Mi presente se ríe
y hace un comentario soez
acerca de su futura ocurrencia.

Él sólo quiere seguir adelante,
independientemente de lo que sea que pase.

Parece que está orgulloso
de saber lidiar con la nostalgia,
de limpiar todo lo que Dios le ha vomitado,
de prosperar en un país lejano;
y presume de superar también
todas las rupturas con cada mujer
que mi pasado ha amado...

Pero todos sabemos que,
a pesar de la suerte que tiene,
a pesar de a lo que ha sobrevivido,
a pesar de que hace amigos
incluso en las madrugadas
de los peores suburbios santiaguinos...

En realidad...

En realidad oculta
que se muere
porque tú
no estás
con él
ahora
aquí.

Mi pasado, mi presente, mi futuro,
dirigen sus miradas hacia mí;
quieren saberlo...

¿Y yo? ¿Qué es lo que yo quiero?

Lo que quiero es imposible.
Porque...
Quizás únicamente quiero escapar del tiempo,
romper las reglas de la realidad,
dormir y no estar solo al despertar
y
(por irrazonable que sea),
dar a la vez
a mi futuro, mi presente y mi pasado
todo lo que quieren.

Y aunque haciendo eso yo no consiga nada,
y aunque haciendo eso yo incluso pierda,
quizás al menos sirva
para que esos tres invitados,
por fin,
de una puta vez,
callen.