Novelas por entregas. Una entrega al día... ¡o eso intentaré!

viernes, 28 de septiembre de 2012

Estoy de Vuelta 8

-¿Qué? -preguntó Rubén, sintiendo que la cordura se le escapaba.
-¿Cómo te llamas? -preguntó a su vez el esqueleto.
-Ru... Rubén.
-¡Encantado, Rurrubén! Mis amigos me llaman Fito... ¡el placer es tuyo!
Rubén le miró sin comprender.
-Sé que ahora estás asqueado y confuso, pero una vez te acostumbras al cementerio, no está mal.

Rubén miró alrededor. El cementerio referido era extenso, un macabro bosque de cruces y lápidas que emitían un insano brillo blanquecino cuando reflejaban la luz de la luna llena que lograba atravesar el manto de oscuras y ominosas nubes.
El débil sonido de la fría brisa nocturna no podía eliminar el tenebroso silencio que se adueñaba de todo el camposanto. A lo lejos, entre retorcidos rosales espinosos, ramos de oscuras flores mustias y enormes cruces de mármol, diminutos fuegos fatuos iluminaban espectralmente, por unos momentos, la oxidada verja que servía de frontera al mundo vivo, antes de extinguirse y volver a dejar como suprema dueña a la oprimente oscuridad.
Cipreses y nichos, fosas y tumbas, deprimente reino de quietud y negrura. Un gato negro observaba inmóvil la escena entre los arbustos.

-Sí, sí -se apresuró a decir Fito-. Puedes ver en la oscuridad. Teniendo en cuenta el mundo en el cual vivimos, sería una puñeta no tener visión nocturna, ¿no crees?
Rubén no contestó. Aún no había terminado de digerirlo todo, cuando Fito siguió hablando:
-La verdad es que no sé qué pasa en este cementerio... a mí deberían haberme llevado para enterrarme en mi Galicia natal, pero en vez de ello me enterraron en el antiguo cementerio del pueblo de al lado y ningún problema... sin embargo, al cabo de un par de años me exhumaron y me enterraron aquí por alguna oscura razón que no alcanzo a imaginar. Que yo recuerde, nunca reviví en mi primer cementerio, pero a las pocas noches de llegar a éste... ya ves, semivivito y coleando. Aunque no todos, somos muchos los cadáveres que despertamos por la noche.
-Entonces... -recapacitó Rubén con un escalofrío- ¿estamos condenados a vagar por el cementerio para siempre?
-No, hombre -respondió Fito-. Si quieres nos metemos en la sección de fiambres del hipermercado. Mira, hace dos días llegó uno nuevo -Fito señaló una tumba-, estoy convencido de que antes de una semana está saliendo de su lecho de mármol.

Rubén miró hacia dicha tumba. La inscripción en la lápida rezaba "Tomás Povedilla Huertas", y como epitafio habían grabado las últimas palabras que el muchacho había dicho en vida: "Bueno, capullos, espero que hayáis fijado bien la cuerda".

-Memoriza bien la ubicación de tu tumba -decía Fito-, no vaya a ser que te pierdas y termines en el ataud que no es... hay algunos muertos que tienen una mala leche tremenda...

Continuará

martes, 25 de septiembre de 2012

Estoy de Vuelta 7

Rubén no tenía ni idea de cuánto tiempo habría pasado cuando comenzó a escuchar ruidos. Eran ruidos extraños, chirriantes como el rasgar de una uña en una pizarra, inquietos como pisadas que en vano intentan amortiguarse.

A Rubén le llegó también el olor. Un olor dulzón a descomposición, a tierra recién removida… junto con un tenue hedor que no pudo identificar. Sintió miedo.

Los ruidos comenzaron a escucharse más cercanos e, instintivamente, Rubén se quedó inmóvil, con todos sus sentidos alerta.

Un repentino estruendo le hizo gritar a la vez que una explosión de luz le cegaba. Rubén protegió sus ojos con las manos, al mismo tiempo que escuchaba la voz que unas horas antes le había hablado.
-¿Pero eres idiota? ¿Por qué chillas de esa manera? ¿Tienes idea del susto que me has dado?

Rubén apartó poco a poco sus manos y comprendió que el brillo que le había cegado era el de la luna. Miró a quien había abierto su ataud... y comenzó a chillar.

-¡Aaaaaaaaaaaaaaaaaaa! -chillaba Rubén.
-¡Aaaaaaaaaaaaaaaaaaa! -chilló a su vez el esqueleto manchado de carne descompuesta que tenía delante.
-¡Aaaaaaaaaaaaaaaaaaa! -siguió gritando Rubén, aterrado.
-¡Aaaaaaaaaaaaaaaaaaa! -le respondía el esqueleto, visiblemente divertido.
-¡Aaaaaaaaaaaaaaaaaaa! -Rubén continuaba profiriendo alaridos.

El esqueleto, en ese momento, agarró con su mano izquierda su brazo derecho, lo desencajó y golpeó con su húmero la cabeza de Rubén.

-Ya está bien de hacer el gilipollas, ¿no? -preguntó el esqueleto.

Rubén le miró fijamente, sin comprender.

-Ya basta de tanto gritar -continuó hablando el esqueleto con un ligero acento gallego-. A ver si te crees que dentro de cincuenta años vas a estar mejor que yo... -en ese momento, el esqueleto calló y observó con detenimiento a Rubén-. Aunque quizás sí estés mejor que yo... llevas más de dos semanas enterrado y estás como el primer día... ¡ni un gusanito! ¡Ni siquiera hueles mal! Qué curioso... es la primera vez que me encuentro con algo así...
-¡Dios mío! -exclamó Rubén casi llorando-. ¿Quién eres? ¡¿Qué eres?!
-Tu vecino de la fosa de al lado -respondió el esqueleto con una amplia sonrisa-. Bienvenido a tu primera noche consciente en el cementerio.

Continuará

domingo, 23 de septiembre de 2012

Estoy de Vuelta 6

Dos días después, Rubén despertó. Al principio se sentía confundido, y no sabía si tenía los ojos abiertos o tan sólo lo creía. La oscuridad era suprema.

Cuando la confusión pareció remitir, se dio cuenta de que estaba acostado. Intentó incorporarse, pero su cabeza chocó con algo duro. Rubén tanteó en la oscuridad. Estaba dentro de una especie de cajón forrado poco mayor que él.

Y cuando comprendió donde estaba, Rubén conoció la auténtica sensación del terror.

Comenzó a pensar, intentó tranquilizarse. ¿Cómo era posible que le hubieran enterrado vivo? Entonces recordó que había enfermedades que te hacían parecer un cadáver. ¿Cómo se llamaba? ¿Catalepsia? Debían haberle dado por muerto y no se habrían dado cuenta que aún respiraba…

¿Que aún respiraba?

En ese momento se dio cuenta de algo que le dejó todavía más turbado. No estaba respirando. Estaba consciente, sí. Pero no respiraba. Conscientemente cogió aire y luego lo expulsó. Después decidió no respirar. Y no pasaba nada. No se ahogaba, no se congestionaba, no se le volvía la cara roja o violeta.

Aterrado, llevó su mano hasta su pecho. No había latido. Al hacerlo, escuchó un tintineo metálico. Alguien había atado a su antebrazo derecho una cadena de intrincados eslabones que Rubén reconoció al instante.

-Sebas...

La cadena pareció enredarse con algo, y Rubén palpó en la oscuridad. Encontró un collar con varias plumas unidas a un pequeño medallón de metal.
Rubén, al igual que había hecho con la cadena de Sebas, lo reconoció sin problemas. Era un pequeño atrapasueños indio de los que colgaban encima de la cama de Isabel.

-Isabel...

Su novia y su mejor amigo le habían regalado dos de sus más queridas pertenencias para que le acompañaran en su último viaje... y ese pensamiento le hizo recordar donde estaba. Gimió de horror.

Se atusó el cabello, un gesto que repetía cansinamente cuando estaba nervioso. Y palpó lo que parecía una enorme cicatriz que nacía casi en su frente, recorría el margen derecho de su cuero cabelludo y terminaba prácticamente en su nuca. Descalabrado.

-Dios mío -susurró-. Si ésto no funciona, es que me he muerto.
Rubén decidió imaginar a Isabel en la ducha, desnuda. Puso especial empeño en intentar concebir sus pechos y su bajo vientre, pero daba igual. No se le empinaba.

-¡Dios mío! -comenzó a chillar histérico-. ¡Estoy muerto! ¡Estoy muerto! ¡Estoy muerto! ¡Estoy muerto! -seguía gritando Rubén cuando las primeras lágrimas comenzaron a surcar sus mejillas- ¡Muerto! ¡Muerto!

-Naturalmente que estás muerto -respondió una voz amortiguada que parecía venir del exterior, similar al crujido de las hojas secas-. Así que, ¿por qué no te callas, cruzas los brazos sobre el pecho y dejas dormir a los demás?
-¿Qu... qué? -tartamudeó Rubén.
-Lo has oído -siguió la voz-. Son las tres de la tarde, es todavía de día. Si quieres armar follón, espera por lo menos a que llegue la noche.
-¿La... la noche?
-Duérmete.

La voz pareció desvanecerse y Rubén quedó en silencio en la oscuridad.

Continuará

miércoles, 19 de septiembre de 2012

Estoy de Vuelta 5

Sebas parpadeó, como despertando de un profundo sueño.
-Ay, que resacón...
Lo que veía a su alrededor parecía la habitación de un hospital.
-Bienvenido, muchacho -sonó una voz a su izquierda.
Sebas maldijo en voz baja, giró la cabeza y vio un médico de aspecto bonachón que le sonreía.
-¿Ande estoy...? -susurró.
-En el hospital, chaval. Tienes suerte de estar vivo. El camión sólo te alcanzó de refilón, pero te golpeaste muy fuerte en la cabeza y en el pecho...
-Ondia, por eso no me he muerto -rió Sebas-. Con la de calabazas que me han dao, tengo el pecho como una roca... ¡y ya la cabeza ni te cuento!
Sebas rió con ganas, pero se paró en seco.
-¿Y mi colega? -preguntó al médico-. ¿Y Rubén?

La tarde caía triste sobre un mundo gris, manchado de rojo por el bajo sol del crepúsculo. El cementerio, a esa hora, no era más que la dantesca parodia de un jardín, difuminándose la macabra línea divisoria entre la vida y la muerte.
Las dos docenas de personas que, vestidas de negro, escuchaban el sermón del cura, mantenían expresiones hoscas y serias, si bien realmente lo que se preguntaban en su interior era si la perorata del sacerdote duraría mucho tiempo.

-Queridos hermanos. Nos hemos reunido aquí hoy para despedirnos de Tomás Povedilla Huertas, un joven que ha sido muy valioso para todos nosotros...
-No generalices, carcamal -susurró por lo bajo uno de los asistentes al funeral. Otro hombre que estaba a su lado no pudo evitar esbozar una sonrisa.

-El muchacho al que hoy despedimos -siguió hablando el cura-, ha sido nuestro amigo, nuestro confidente, nuestro hermano...
-Y también uno de los mayores capullos que ha pisado nunca el pueblo -terminó el hombre.
-¡Cállate, por favor! -le advirtió su compañero conteniendo la risa.
-¡Era tan bueno! -sonó en ese mismo momento la voz quejumbrosa de una anciana.
-¡Ya saltó la otra! -replicó por lo bajo el mismo hombre-. Ésta es la misma vieja que no dejaba de repetir que estaría mejor bajo tierra... y ahora viene con que era muy bueno... ¡idiota!
-¡Y tan joven! -añadió la anciana.
-¡Pues por eso murió! -siguió el hombre en un murmullo-. ¡Por joven! ¡Sólo los jóvenes idiotas practican los deportes de riesgo! Así, pasó, cayó precipicio abajo y aterrizó con la cabeza... con lo poco que la usaba, seguro que ni se enteró de que se había quedado sin ella. Sólo a un estúpido integral se le ocurre practicar puenting con los amigos sin medir antes la cuerda... le sobraban cinco metros. Si quería llamar la atención, lo ha conseguido, desde luego.

-Cenizas a las cenizas, polvo al polvo -continuaba el cura.
-Mira, mira -dijo el hombre-, el curita ya empieza a acertar... polvo al polvo... ¡si el muy desgraciado sólo pensaba en eso! ¡En echar polvos!
-Pero qué bestia eres... -responde su amigo.
-¿Bestia, yo? Ese mamón se trabajó a mi hija en mi propia cama. Dime ahora quién es el bestia. Si no fuera porque era hijo de quien era...

Isabel no tenía ni idea de a quién estaban enterrando. Tampoco le importaba. Durante las dos últimas semanas, había ido todas las tardes al cementerio, a llorar desconsolada, de rodillas, frente a la tumba de Rubén.
-Nunca amaré a otro -susurraba-. Jamás volveré a amar.

Y ese juramento fue el que alteró su destino.

Continuará



lunes, 17 de septiembre de 2012

Estoy de Vuelta 4

Sin embargo, si Isabel había roto lazos con su familia, en el caso de Rubén los había roto con sus amigos. La mayoría de ellos estaban resentidos con Rubén, ya que también se habían vuelto imbéciles por Isabel. A éste le importaba un carajo, pero se preguntaba qué les habría pasado a la mayoría de sus colegas. En verdad, a todos menos uno.

Hemos de decir que el mejor amigo de Rubén era un veinteañero con el cerebro de un ochoañero llamado Sebas.

Los únicos comportamientos predecibles de Sebas se referían a su vestimenta y complementos: Siempre vestía con unos viejos tejanos deshilachados y una raída camiseta gris cubierta por su desgastada cazadora de cuero negro. Nadie recordaba la última vez que se le había visto con algo distinto a ésto. Ni siquiera sus padres. Las desordenadas y sucias greñas le caían sobre el rostro, casi ocultándolo por completo... y así mejor, pues su expresión no solía reflejar una apabullante lucidez.
En contraste con su ropa, de su cuello siempre colgaban enormes cadenas, collares y cintas doradas, y también solía llevar enrrollada en el antebrazo derecho, dejando caer uno de los extremos junto a su mano, una brillante cadena dorada (que no de oro) de intrincados eslabones.

Es una lástima que, para no interrumpir en demasía el ritmo de la obra, haya sido necesario omitir muchos detalles interesantes relativos a la vida de esta gran persona que es Sebas.

Naturalmente, encaja a la perfección con el estereotipo de estudiante problemático y simplón, repetidor de curso y aficionado a los porros, a los videojuegos, a la bebida alcohólica de alta graduación, a los juegos de rol, a los tebeos de superhéroes y a la masturbación reiterada. Sí, es cierto, pero no podemos olvidarnos del gran corazón que latía bajo su pecho tatuado y que compensaba con creces sus pequeños defectos. Después de todo, son los pequeños vicios los que condimentan nuestra rutinaria vida.

En el día aciago, Rubén y Sebas caminaban juntos por la calle, hablando de Isabel.
-Joer, tío -decía Sebas-. Ya me molaría a mí tener también una tía como Isa como piba.
-Pero yo no estoy con Isabel por el físico, Sebas.
-Eso es lo que me jode. Si te da igual el físico quédate con una fea y déjanos las guapas a los demás.
-¿Realmente te molesta?
-¿Estás de coña? ¡Qué va! Ahora mismo, lo único que me molesta es que, cuando llegue a casa, tengo que hacer el trabajo de literatura que había que entregar la semana pasada. Y ojalá no se me olvide enviárselo luego por correo electrónico a la profe...
-La vida me sonríe, Sebas. Nunca me he sentido tan bien, tan... completo.
-Me mola verte tan feliz, tío. Me estás levantando la moral. ¡Vívamos juntos la vida, tío!
-¡Vivamos la vida! -repitió Rubén, feliz.

Y según cruzaban la calle, les atropelló un camión.

Nota del autor:
Sí, es una putada, pero nadie había dicho que esta historia iba a ser la típica historia de adolescentes enamorados (o imbéciles). Además, por el título de esta historia ya se podían imaginar que alguien se iría, ¿no?

Recuerden que la vida no es justa, y el mejor ejemplo es que cuando te enamoras te vuelves imbécil, lo cual hace mucho más difícil que ese delicioso objeto de deseo del que te has enamorado pueda llegar a sufrir imbecibilidad por ti algún remoto día...

Y para eso cuando te lo roban. Que te vengan diciendo que la vida es justa cuando te lo roban. Tanto tiempo haciendo el imbécil para que luego te lo roben...


Continuará...

sábado, 15 de septiembre de 2012

Estoy de Vuelta 3

Y así, un día como otro cualquiera, durante una cena en la casa de Isabel...

-¡Isabel tiene novio! -gritó de repente su hermano, justo antes de los postres.
El silencio no era lo peor. Siempre comían y cenaban en silencio. Lo peor fue que Isabel creyó sentir que la temperatura había bajado diez grados.
Su padre, aún sin creérselo, frunció el ceño y dijo con voz de ultratumba:
-Isabel, ¿es cierto eso?
-Sí -dijo en voz baja Isabel.
-¿Es cierto eso? -volvió a preguntar su padre levantando la voz.
-¡Sí, es cierto! -explotó Isabel ante la sorpresa de los otros tres-. ¡Y me da igual lo que pienses, me da igual lo que ordenes! Tengo novio, le quiero y no me importa tu... ¡vuestra opinión!

Nando cerró su sonriente boca, visiblemente anonadado. Su madre tragó saliva en silencio. Era la primera vez que alguien se oponía ostensiblemente al cabeza de familia.
-¿Qué has dicho? -preguntó amenazador y despacio su padre.
-Lo has oído, papá. Y no me arrepiento. Si quieres que lo repita, lo haré con gusto.
Padre e hija sostuvieron sus miradas mientras Nando y su madre se temían lo peor. Finalmente, su padre bajó la cabeza y masculló rojo por la ira:
-Vete a tu habitación. Hablaremos después.
Antes de que Isabel se moviera, Nando soltó:
-Seguro que su novio ya le ha tocado el culo.
Isabel se giró con rabia hacia su hermano.
-Para tu información, pequeña pústula, no. No me ha tocado todavía el culo. Tendré que decirle que vaya espabilando.
-¿Qué? -tronó el padre.

Pero Isabel ya se metía en su habitación, mientras Nando se preguntaba para sí qué sería una pústula.

Isabel pasó la noche despierta, mirando su colección de atrapasueños, cuyas numerosas cuentas reflejaban la tenue luz de la luna que entraba por su ventana.
Lo que menos deseaba en ese momento era que su padre se pasara por su habitación para abroncarla, pero fue algo que finalmente no sucedió.

A la mañana siguiente se marchó al instituto sin cruzar ni media palabra con nadie.

Mas todo esto no tenía importancia unas horas después en el descanso, fuera del recinto del instituto, abrazada a Rubén. Isabel había decidido no contarle nada para no preocuparle o, peor aún, que pudiera sentirse culpable.
-Isa, si pudiera elegir cómo vivir, viviría besando tus labios -susurraba Rubén en su oído-. Y si pudiera elegir cómo morir, sería besando tus labios.
Isabel sonrió y, al besar el cuello de Rubén, susurró:
-Rubén, tengo que pedirte algo.
-Lo que sea, preciosa. Si está en mi mano, es tuyo.
-Pues sí está en tu mano, Rubén... -y haciendo una pausa, añadió- quiero que me sobes el culo.
Rubén pegó un respingo.
-¿Cómo?
-Que quiero que me sobes el culo -repitió mientras intentaba que no se le notara demasiado su azoramiento.

Rubén miró a Isabel sin comprender. Isabel suspiró, agarró las manos de Rubén y con un movimiento suave pero enérgico, las llevó hasta sus glúteos y las apretó contra sí.
-Así -dijo Isabel con voz satisfecha-. Y ahora, si quieres, ya puedes besarme.
Rubén pestañeó, se encogió de hombros y atrajo a Isabel hacia él.

Nota del autor:


En este momento, reconozco que podría haber sido tentador el escribir una novela romántica. Piénsenlo. Tenemos un amor adolescente, un padre tirano, una diferencia de clases… para añadir tensión podemos crear un triángulo amoroso o un embarazo no deseado, y hemos creado un drama cojonudo.

Es una lástima que eso no fuera lo que sucedió realmente, y que yo no tenga ganas de escribir telenovelas. Sobre la relación de Rubén e Isabel tan sólo diré que, durante los días que siguieron, las relaciones de Isabel con su familia (ya de por sí frías), pasaron a ser prácticamente inexistentes. Aunque a Isabel no parecía importarle demasiado. Y de hecho, sentía que Rubén compensaba de sobra la falta de amor que había en su casa.

                                                                                                Continuará

jueves, 13 de septiembre de 2012

Estoy de Vuelta 2

Todas las sensaciones de su cuerpo desaparecieron a la vez, a excepción del frío de sus pies, que se extendió por todo su cuerpo, dejándolo helado.

Frente a él, los ojos negros del profesor de historia le miraban, atravesándole con la mirada. Rodeándole, sus compañeros le observaban sin decir una palabra. En su nuca podía sentir otra mirada, mucho más punzante y dolorosa. La de Isabel, que se sentaba detrás.

-No es necesario que grites, Rubén -dijo el profesor-. Efectivamente, fue Isabel II quien decidió...

Si en ese instante alguien hubiera estado dentro del cuerpo de Rubén, habría comprendido eso que dicen de pinchar con un alfiler a una persona y que no salga ni una gota de sangre.
Durante el resto de los trece minutos que duró la clase, Rubén permaneció con los ojos muy abiertos, inmóvil, escuchando y reteniendo en su memoria hasta el más mínimo detalle de la vida de Isabel II.

Así siguió hasta que la sirena propagó su estruendosa voz por todo el instituto. Al momento, la clase se convirtió en un maremágnum de alumnos recogiendo sus cosas y poniéndose sus abrigos, de papeles volando y del profesor de historia marchándose rápido, antes de que la avalancha de estudiantes le pasara por encima.

Y cuando la clase había quedado desierta, cuando todos se habían marchado, Rubén aún no había terminado de guardar en su carpeta una hoja donde había copiado setecientas treinta y ocho veces el nombre de Isabel.
-Bueno, ¿vienes o qué?

Rubén dio un respingo y miró hacia la puerta. Isabel estaba allí, mirándole con una divertida cara de impaciencia, con el abrigo puesto y una carpeta entre sus brazos cruzados.
En el pecho de Rubén algo se agitó, causándole dolor y gozo al mismo tiempo. Era su corazón, naturalmente. Y, como en un suspiro, salieron las tres únicas palabras sensatas que un enamorado puede pronunciar durante su estado de imbecibilidad.
-Isabel, te quiero.

La expresiva cara de Isabel pasó de divertida impaciencia a completa sorpresa.
-¿Cómo?
-Isabel, que... que te quiero -volvió a repetir Rubén, sintiéndose, curiosamente, como un imbécil.

Durante varios segundos sólo se miraron fijamente.
-Bueno, ¿qué... qué sientes? -preguntó por fin Rubén.
-Esto... esto para mí es una sorpresa, compréndelo -respondió Isabel en voz baja, como aturdida-. Tú... tú eres muy importante para mí, lo sabes... y yo no quisiera que nuestra amistad se deteriore. Me siento muy bien contigo y... y he pensado en ti últimamente. Te lo digo por algo, claro, pero...
-Isabel.
-¿Qué?
-¿Por qué no me besas y nos dejamos de chorradas?

Isabel arqueó una ceja y miró extrañada a Rubén. Luego sonrió, lanzó su carpeta a un pupitre vacío, corrió hasta él y se abrazaron, fundiéndose en un largo y dulce beso.

Y, por supuesto, ambos supieron que todo ese tiempo que habían pasado sintiéndose como unos imbéciles había merecido la pena.

Unos minutos después, Isabel corría a toda velocidad. La alegría que sentía por el amor recién descubierto casi ocultaba el temor a llegar tarde a su casa. Casi.
Ella vivía en un amplio séptimo piso y, según subía en el ascensor, mascullaba en voz baja las palabras que sin duda le diría su padre.
Cuando por fin llegó al séptimo, abrió la puerta del ascensor y saltó hasta la de su casa, introduciendo la llave rápida, aunque silenciosamente, en la cerradura.

Dio igual. La voz de su padre llegó desde el comedor. Una voz firme y tranquila, pero que Isabel conocía demasiado bien y auguraba tormenta.
-Sales del instituto a las dos. Deberías llegar a casa sobre las dos y cuarto. A pesar de ello, tienes cinco minutos de cortesía. Ahora son las dos y treinta y dos minutos.
-¡Casi treinta y tres, papá! -se escuchó la voz de su repelente hermano pequeño.
-Espero que tengas una explicación -continuó el padre, ignorando el comentario de su hijo.
Isabel suspiró pesadamente al entrar en el comedor y enfrentarse a su padre, impasible e inmóvil, con su porte del antiguo militar que era, presidiendo la mesa.

Nando, su gordo hermano pequeño sonreía como un estúpido, gozando del mal trago de su hermana. Su madre, como siempre, no decía nada. Parecía resignada a su suerte de ser una mera figura decorativa en este sucedáneo de familia. Nadie había probado la comida.
-Marta se torció un tobillo -mintió Isabel con tranquilidad-. No me parecía bien dejarla tirada, por eso he llegado más tarde.

Padre e hija sostuvieron sus miradas.
-Que no vuelva a suceder -terminó el primero-. Empecemos a comer.

Por su parte, Rubén entró como un vendaval en su casa, dando voces y casi bailando.
-¡Papá, mamá! ¡Isabel y yo somos novios! ¡Le gusto!
Su orondo padre apagó el viejo televisor y rió a carcajadas nada más escucharlo.
-¡Mi más sentido pésame, hijo mío! ¡Se te acabó la buena vida! -reía mientras intentaba levantarse de su ajado sofá.
-¡Juan! -le riñó su mujer mientras se levantaba para darle dos besos a su hijo-. ¡No le digas esas cosas al niño! Isabel siempre me pareció una chica muy maja... ¡enhorabuena, hijo!

Y así, durante los siguientes días, Rubén e Isabel siguieron viéndose. Ya no sólo en clase, como compañeros, sino en cualquier momento y lugar que se terciara, aprovechando la más mínima excusa. Los tímidos y torpes gestos al principio se fueron convirtiendo en tiernas caricias y dulces besos, y lo que no les daba tiempo a decirse lo escribían en largas cartas manuscritas y en no menos largos correos electrónicos.

Precisamente hablaban del último correo electrónico mientras paseaban enlazados por el parque.
-Uff... qué mal rollo tu último reenviado -decía Rubén.
-¿El de la foto de la muerta, que si no lo reenviabas a cinco personas se te aparecería su espíritu por las noches? -se echó a reir Isabel.
-Sí. No lo he reenviado, es francamente desagradable...
-Debería sentirme celosa.
-¿Celosa? -se extrañó Rubén-. ¿Por qué?
-¿Cómo que porqué? -dijo Isabel-. ¿Qué es eso de dormir con otra que no sea yo?
Y su risa envolvió a Rubén.

El problema es que siempre surgen problemas...

                                                                                                       Continuará       

miércoles, 12 de septiembre de 2012

Estoy de Vuelta 1

La verdad es que Rubén no recordaba cuando había comenzado a enamorarse de Isabel. Eran compañeros de clase en el instituto, ¿y quién no se ha enamorado en el instituto?

Si algún profesor hubiera decidido pasar a su lado cuando Rubén tomaba apuntes, sentado en su pupitre, sólo habría podido leer en sus anotaciones, repetidos cientos de veces, el nombre de Isabel.

Por suerte, aunque la inmensa mayoría nos volvemos imbéciles cuando nos enamoramos, Rubén era un tipo listo. Así que llevaba en un bolsillo de su pantalón una desvencijada grabadora, para luego, en su casa, tomar los apuntes tranquilamente.

Habría quien podría decir que eso es una estupidez, que por la mañana podría tomar los apuntes sin arriesgarse a ser descubierto por el profesor y por la tarde podría hacer el gilipollas emborronando papel todo lo que quisiera pero, como hemos dicho anteriormente, cuando uno se enamora pierde parte de la plenitud de sus facultades psíquicas.

De todos modos, qué bonito es el amor, ¿verdad? Al menos, hay gente que parece estar enamorada eternamente... cuánto imbécil.

La verdad es que Rubén no era un tipo guapo. Era majete, sí, de pelo negro y rizado, corpulento y ojos profundos, vestido siempre con desgastada ropa deportiva.

Pero Isabel... ¡ah, Isabel! Ni siquiera la palabra “preciosa” haría justicia a su cabello rubio y a sus ojos azules, a su sonrisa franca y la delicia del roce de sus manos. Allá donde fuera la seguía una cohorte de babeantes admiradores. Éstos no estaban ya enamorados, sino obsesionados; es decir, que el apartado de imbéciles se les había quedado pequeño hacía mucho tiempo.

Y puedo entenderlo, porque Isabel siempre tenía un gesto cariñoso hacia cualquiera, una sonrisa para todos y capaz de mantener una conversación amena y (¡atención!) inteligente con todo el mundo. O sea, que si estaba enamorada, lo disimulaba muy bien cuando hablaba.

Y uno con los que Isabel conversaba asiduamente era Rubén. Habían llegado a ser los mejores amigos que pueden llegar a ser un chico y una chica sin dar un paso adelante y convertirse en novios. Justo por lo que Rubén rezaba cada noche a San José.

Y hablaban, hablaban y hablaban. Hablaban de moda, de películas, de música, de sus amigos, de libros, de sus familias, de la pasión que sentía Isabel por la cultura amerindia... de todo, menos de ellos mismos y sus sentimientos. Pero hablaban, y eso es ya algo valioso cuando te enamoras, pues muchas veces no puedes hacer otra cosa que mirar de lejos a la persona que te gusta.

Cualquiera desde fuera habría visto a la legua que Rubén estaba enamorado de Isabel, y que Isabel estaba loquita por Rubén. Pero eso siempre se ve desde fuera, lo ven todos menos los implicados en el romance. Y no es que nos guste insistir, pero ésto es otra prueba de que, cuando te enamoras, te vuelves imbécil.

Pero por tímido que seas, llega un momento en que el corazón te dice basta, decide que ya ha tragado con todo y con más, y que es el momento de vomitar parte de lo que llevas dentro.

Y eso mismo fue lo que le pasó a Rubén. Era un día como otro cualquiera, pero Rubén comenzó a sentir una opresión en el pecho cuando quedaba un cuarto de hora para que las clases terminaran.

Y esa opresión fue extendiéndose, y Rubén sintió como se le hacía un nudo en la garganta, como los brazos comenzaban a temblarle tímidamente, como la frente se cubría de perlas de sudor, como se revolvía su estómago, como se hinchaba su entrepierna, como sus pies se tornaban fríos como un témpano...
Rubén, que ya sabía que cuando uno se enamora se vuelve imbécil, comezó a dudar si no se volvería también epiléptico.

Lo malo fue que ese mágico instante no se rompió con la sirena que indicaba el final de las clases, sino con la ronca voz del profesor de historia:
-¿... Rubén?

Rubén no había oído la pregunta... ¡bastante que había oído su nombre! Pero su cuerpo se negó a actuar con la poca racionalidad que quedaba en su mente, y Rubén gritó:
-¡Isabel!


                                                                                  Continuará